una vida con sentido
noviembre 22, 2011 § Deja un comentario
Es de cajón que el sentido de una vida se halla en estrecha relación con la posibilidad de que ésta pueda comprenderse formando parte de un todo más amplio, se trate del orden del universo o del ideal del mundo. Esto es, una vida con sentido es, por principio, una vida integrada en lo que de algún modo la supera. Si el sentido depende de un orden, entonces una vida con sentido es una vida cuyo particular modo de ser, cuyas costumbres se encuentran alineadas con las exigencias paradigmáticas de dicho orden. Si, en cambio, depende de un ideal emancipatorio, entonces una vida con sentido es aquélla que actúa tácticamente según las demandas que se desprenden de ese ideal. En cualquier caso, se trate de las costumbres o de la acción, una vida con sentido es una vida que hace lo que debe, siendo lo debido algo de lo podemos hacernos una idea o imagen. Así, podriamos decir que la experiencia del sentido se muestra como una experiencia formalmente religiosa. Y es que una vida posee un sentido si puede concebirse vinculada –religada– a lo vale en verdad, sea la vida arquetípica del dios o un porvenir sin tara. Es por eso que la catástrofe que supuso la Modernidad –literalmente, la caída de los cielos– no conduce de por sí al nihilismo, sino al hecho de que la experiencia del sentido dependa exclusivamente de que el hombre pueda seguir creyendo en el carácter liberador de los ideales que pretenden transformar el mundo. Ahora bien, quien entiende lo anterior y sepa de qué va esto del monoteísmo judeocristiano, entenderá que éste no termine de casar ni con la Antigüedad ni con la Modernidad. Efectivamente, para un creyente el orden del mundo no se revela como una última palabra. La experiencia del mundo como Creación es la experiencia de la insuficiencia del todo. El relato del Genésis no pretende ofrecer propiamente una explicación, sino desdivinizar las potencias del mundo y, por extensión, el mundo en su totalidad. Dios no es una fuerza que opere dentro del mundo, sino que se revela más bien como el silencio que cubre por entero el juego de las fuerzas, manteniéndolo, por eso mismo, en suspenso. La experiencia del mundo como un mundo que pende por entero del hilo de Dios es la experiencia de la totalidad como no-todo. O lo que viene a ser lo mismo de la radical contigencia del cosmos. El hombre que experimenta el mundo de este modo es un hombre que no puede, pues, acabar de integrarse en él. Algo esencial sigue estando pendiente donde el hombre vive de acuerdo con las exigencias de un orden cósmico. Para un judío, pues, la vida conforme al arquetipo no tiene nada de definitiva. Y no puede tenerla porque el mal –las fosas comunes, las cámaras de gas, la tortura de un niño…– no se concibe judíamente como ignorancia o impericia, sino como uno de los dos posibles efectos de la radical trascendencia de Dios. Así, porque Dios se encuentra siempre más allá de lo dado, hay luz y hay oscuridad. O, por decirlo con otras palabras, porque hay Dios, el hombre se encuentra bajo el poder de la maldición del mismo modo que se encuentra bajo el amparo de la bendición. Ahora bien, por eso mismo, un creyente tampoco puede tomarse del todo en serio las pautas militantes que se desprenden de la imagen de un mundo ideal. Sin duda, no es lo mismo fundar un orfanato en Calcuta que traficar con huérfanos. Sin duda, el mundo es mejor donde ganan quienes hacen lo primero. Pero un creyente está convencido de que ganen los buenos no significa que triunfe la bondad, pues tarde o temprano los buenos acabarán por pervertir lo que lograron. Un creyente, pues, está más cerca del nihilismo que la mayoría de los que dicen no creer en ningún dios… aun cuando confíen, no obstante, en el destino que le revela su carta astral o en las posibilidades emancipatorias de la utopía política o moral. Y es que en realidad la vida creyente responde a la falta de sentido de un mundo que, a causa de ese mismo sinsentido, solo puede admitir de Dios el mandato imposible que nace del estómago de los abandonados de Dios.