la muerte del hijo
noviembre 23, 2011 § Deja un comentario
Que se te muera un hijo es quizá lo más terrible. Con la muerte del hijo ocurre lo que en absoluto debe ocurrir. No se trata solo de una reacción emocional. No se trata solo de una tristeza instintiva. Se trata de lo que sucede cuando eres capaz de ver que la vida de tu hijo es una vida arrancada de la muerte. Y lo que sucede es que no puedes aceptar lo que, por otra parte, tarde o temprano ocurrirá. Si la vida es una excepción a la muerte, la vida no debe morir. Sin embargo, la muerte –la muerte del hijo– es lo que ocurre con el tiempo. Acaso lo único que ocurre en verdad, esto es, definitivamente. Eso es lo terrible: que aunque no lo veas, pasará. ¿En qué situación te deja, pues, saber que esa vida que se te dió se encuentra siempre dentro de un plazo? Probablemente, uno no pueda hacer otra cosa que arrodillarse como hizo el bueno de Job, ponerse, en definitiva, en manos de un Dios indecible, un Dios que no aparece por ningún lado salvo como el vértice de una existencia que no podemos abrazar por entero. Para quien haya superado la infancia resulta evidente que la existencia reposa sobre una incomprensibilidad de fondo, pues aunque vivir signifique estar del lado de la vida, lo cierto es que sin muerte no se nos hubiera dado ninguna vida. Por eso toda existencia que sea mínimamente consciente de lo que supone vivir no puede menos que concluir de rodillas. Y quizá sea por esto que cristianamente la visión del Cruz como la cruz del Hijo de Dios sea un modo de decir que Dios solo se da en verdad cuando se arrodilla impotente ante el hombre. Reconocer al crucificado como Hijo de Dios es reconocer, pues, que Dios en realidad se pone en manos del hombre como aquél que debe decidir el sí o no de Dios. Ahora bien, si Dios sigue siendo Dios a pesar de su humillación es porque el hombre es juzgado allí donde juzga a Dios. Como en el caso del juicio de Salomón, es el dolor ante la muerte del hijo lo que revela la paternidad del padre y si el cristianismo es brutal es porque reconoce de una vez por todas que Dios solo puede valer como Padre donde une su destino al del hombre.
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