43 grados por volumen
noviembre 24, 2011 § Deja un comentario
En los asuntos humanos es frecuente emplear la misma palabra para decir cosas distintas. Pasa con la palabra ‘amor’, la palabra ‘libertad’, la palabra ‘justicia’… En general, pasa con todas nuestras grandes palabras. Y, por supuesto, también con la palabra ‘espíritu’. Es por eso que fácilmente creemos que las diferentes religiones, desde el hinduismo hasta la de los guaranies, por el simple hecho de emplear la misma palabra están, en el fondo, hablando de lo mismo. Pero aunque sobre el papel decir espíritu equivalga a decir impulso o fuerza, es obvio –o debería serlo– que una cosa es el anhelo o la inquietud que te empuja hacia lo que se encuentra en cierto modo más allá de lo visible –lo que en griego se entendía como amor a la verdad– y otra la fuerza de la resurrección, aquélla que abraza lo más bajo de los hombres. Como si el espíritu de Dios, el único que podemos comprender como debido a la inalcanzable realidad de Dios, solo pudiera darse como el amparo que se dan los enemigos irreconciliables donde ya no queda nada de Dios. O por decirlo de otro modo, porque Dios no es espíritu –porque Dios no es una fuerza– podemos reconocer el espíritu que resucita a los muertos como el espíritu mismo de Dios.
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