Athenas & Jerusalem

noviembre 25, 2011 § Deja un comentario

Según Platón quien renuncia al más allá, renuncia a sí mismo. Pues lo más auténtico que hay en nosotros es, precisamente, esa aspiración a lo que se muestra de una vez por todas, a lo que se da por entero, a una existencia sin resquicio, aspiración que, como sabemos, no puede ser colmada por nada de lo que nos traemos entre manos. De ahí que quien vive conforme a esa aspiración viva apuntando a un más allá de lo dado. Sin embargo y como sabemos también, este más allá es un más allá que, como tal, no admite concreción. Se trata, por supuesto, de un más allá sin dioses. La exigencia de algo definitivo, la exigencia misma de lo verdadero carece de imagen, es decir, no se revela a la manera de una imagen paradigmática, sino que, como tal, se mantiene en el filo de lo abstracto como la pura exigencia de ser incondicionadamente a la que se encuentra sometido todo cuanto es. Porque todo cuanto es no acaba de ser lo que parece, todo cuanto es se encuentra sometido a la exigencia de ser lo que parece. Se trata, en definitiva, de una exigencia imposible que, sin embargo, no podemos eludir, pues en el fondo no somos otra cosa que un estar sometidos a esa exigencia. Así, el poeta aspira a unas últimas palabras, el músico a esa melodía que coincida con el silencio, el amante a encontrarse con lo intangible de aquel a quien cree amar… Esto es: si alguien es poeta o músico o amante… es porque deben alcanzar lo que no pueden alcanzar. Y lo que no es esta búsqueda es comercio, trato, transacción. Simple intercambio. Quien no se enfrenta a lo que de algún modo le supera no vive, pues, en verdad.
 

Pues bien, ¿qué dice un judío de todo eso? Mejor dicho, ¿qué hace? Por decirlo brevemente, posponer el más allá. Como es sabido, para el creyente, el más alla de Dios no se da según el modo del presente. O bien Dios se revela como aquél que tuvo que quedarse atrás para que fuera posible el mundo o bien como algo por-venir, siendo ambas visiones de Dios las dos caras de una misma moneda. A diferencia de Platón, un judío está convencido, pues, que del más allá no tenemos ni siquiera una idea. El más allá en cualquier caso se da como esa nada que rodea al mundo por entero. Pero por eso mismo todo queda marcado con el aura del vacío de Dios. El creyente permanece a la espera de Dios y, por eso mismo, permanece sometido, no ya a la exigencia de alcanzar lo incondicionado, al fin y al cabo, una cierta plenitud, sino al mandato que se deriva, precisamente, del silencio mismo de Dios, el que nos obliga a dar de comer al hambriento y de beber al sediento.

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