Antichrist (2)
noviembre 26, 2011 § Deja un comentario
¿Podemos tomarnos en serio el mal –podemos encarar su exceso– sin personificarlo? ¿Podemos enfrentarnos a nosotros mismos sin identificar el no que nos habita con nuestros propios excrementos? Difícilmente. Sin embargo, al personificarlo tendremos la ilusión de que podemos eliminar el mal como quien tira de la cadena o se quita de encima la roña. Pero uno no puede situarse honestamente ante las cámaras de gas, ante el espíritu que las anima, como si se tratase de una enfermedad. El mal no tiene remedio. Uno puede, sin duda, tirar de la cadena, pero el cuerpo seguirá obstinadamente produciendo sus excrementos. Va con la vida, con la naturaleza misma de las cosas. Así pues, la única manera de tomarse en serio el mal –el único modo de evitar hacer del mal un concepto, una abstracción–, evitando al mismo tiempo la tentación de identificarlo simbólicamente con la bruja, es creyendo que Satán existe en cada uno de nosotros. Que vivir es, sencillamente, vivir de espaldas a Dios, negarlo. Estamos ciertamente en las antípodas de Rousseau, cuyo pensamiento irrumpe en la Modernidad como una especie de gnosticismo apto para todos los públicos. Pero creer que en lo más profundo habita algo así como una chispa divina, que en el fondo todo hombre es bueno, probablemente sea pecar de ingénuos, por no decir de mala fe. El mal no es un error, una desviación, sino el espíritu que mueve el mundo. Lo letal es naturalmente el índice de un nuevo nacimiento. Por eso solo quien comprende el carácter definitivo del mal –solo quien ha visto que el mal solo puede ser cercenado con un mayor mal– podrá ver en el abrazo que algunas víctimas ofrecieron a sus verdugos no ya una solución moral al problema del mal –pues no hay hombre que sea capaz de comprender este abrazo como una de sus posibilidades–, sino el abrazo mismo de un Dios que ya no puede seguir siendo solo divino, allá en las alturas, donde el mal se impone como la última palabra del mundo.