Gregoire Ahongbonon

noviembre 26, 2011 § Deja un comentario

El otro día un catequista me decía aquello tan típico de que la luz habita en nuestro interior y que solo era cuestión de liberarla como quien se quita la mierda de encima, despojándonos de todo ese egoísmo que la encubre. Cuando le dije que eso era precisamente lo que defendía el gnosticismo, una de las primeras herejías, de hecho, la perenne tentación del cristianismo, la respuesta fue que le daba igual, que no hay que ser tan intolerantes como los primeros cristianos. No es de extrañar que con estos catequistas el cristianismo de corte progresista se vaya hundiendo cada vez más en la miseria del buen rollismo. Estos catequistas no entienden que quienes responden a la voluntad de Dios, esto es, aquéllos que se convierten en rehenes de los abandonados de Dios, no suelen emplear la metáfora de la luz. Es decir, no se piensan a sí mismos como gusiluces de la bondad. Más bien, ocurre al contrario: creen que nadie está más lejos de Dios que ellos. O como decía de sí mismo Gregoire Ahongbonon, el patriarca de los hospitales que atienden a los enfermos mentales en África, esos parias de los parias: esto que hago no sale de mí. A la luz de estas palabras, la bisoñez de estos catequistas del buen rollo parece infinita por no decir blasfema. Y es que el firme rechazo de los primeros creyentes a las metáforas del gnosticismo no responde a la intolerancia, sino a la necesidad de preservar la indecibilidad de las escenas originarias, al fin y al cabo, de las vidas que responden al mandato imposible de un Dios que se encuentra, ciertamente, más allá de la disyuntiva entre la luz y la oscuridad.

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