el fumar mata

diciembre 6, 2011 § Deja un comentario

¿Es Dios alguien para sí mismo? Si lo fuera, entonces no acaba de coincidir consigo mismo y, por consiguiente, se encontraría pendiente de reconciliación. Dios estaría en falta, al igual que los hombres. Pero no parece que la mayoría de los creyentes de hoy en día estén dispuestos a sostener esto. Pero si, por contra, Dios coincidiera consigo mismo, entonces no podríamos decir que fuese propiamente alguien, esto es, una persona. Dios sería, en este sentido, algo como pueda serlo una fuerza o una energía… y el hombre se hallaría, sin duda, por encima de Dios. Pues quien se encuentra más allá de sí mismo es más que aquello que no es más que lo que es. Con todo, la tradición bíblica se decanta por la primera opción. Según esta tradición, el hombre es la imagen de Dios. Y esto, entre otras cosas, significa que Dios quiere reconocerse en un hombre… con el que no acaba de identificarse. Aquí ocurriría lo que en el caso de esos jóvenes que se pasan la tarde mirándose al espejo: que porque no acaban de reconocerse en su imagen, buscan su mejor versión para poder, al fin y al cabo, admitirse. Así pues, si Dios es persona —si Dios es alguien para sí mismo—, entonces Dios no puede dejar de buscar, a la manera de una divinidad adolescente, lo mejor del hombre… para poder reconocerse en él. O, por decirlo de otro modo, Dios cuando ama al hombre, esto es, cuando le persigue con sus exigencias, no deja de amarse a sí mismo. Dios pretende embellecer al hombre para poder decir yo soy ése del mismo modo que la chica se maquilla ante el espejo para poder decir, contra sus temores iniciales, que ella es, al fin y al cabo, esa bella imagen. Dios no sería, por tanto, el ideal del hombre, sino que el hombre que Dios quiere es, por decirlo de algún modo, el ideal de un Dios que originariamente no puede decir otra cosa de sí mismo que yo soy, de un Dios que no acaba de ser sin el hombre, un Dios que, al fin y al cabo, tiene pendiente su modo de ser. Por eso resulta tan extraño que Dios termine por decir yo soy ése, siendo ése un Crucificado. Pues nadie puede reconocerse en un desecho sin negarse para siempre, es decir, sin morir para sí mismo. Que la mejor imagen para Dios sea la de un hombre que cuelga de un madero como un abandonado de Dios no puede representar otra cosa que el fracaso de Dios a la hora de transformar al hombre en un alma bella. Como si Dios, en definitiva, se viera obligado a admitir que no puede mostrarse de otro modo que como un hombre dejado de la mano de Dios. Sin embargo, es en medio de este fracaso que todo comienza de nuevo, para el hombre… y también para Dios. No casualmente, Pablo habla de nueva creación o de una humanidad nueva a la vista de la Cruz. El fracaso de Dios, su aceptación del hombre tal y como es, su renuncia a embellecer al hombre —lo que en teológico decimos su misericordia, ese incomprensible ponerse en manos del hombre— obliga al hombre a admitir su separación de Dios como aquello con lo que ha de contar sea como sea. Del mismo modo que todo comienza de nuevo para esa chica que admite que no es más que el adefesio que el espejo se encarga de mostrarle una y otra vez con cruel insistencia. Dios, por otro lado, ya no puede concebirse más allá del Crucificado. Tras la Cruz, lo único que tenemos de Dios es el Espíritu de esa reconciliación entre Dios y el hombre. Es obvio que el Dios que aquí se trata —el Dios que abraza la deformidad del hombre, el Dios que se humilla hasta identificarse con el abandonado de Dios— no es la divinidad que aguarda la ascesis, la purificación del hombre. No otra cosa pretende decirnos el dogma de la Trinidad. Para que luego algunos digan por ahí que esto de la Trinidad es una fumada, cuando lo cierto es que quien tiene nublada la vista lo primero que tendría que hacer es, precisamente, dejar de fumar.

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