superstitio
diciembre 7, 2011 § Deja un comentario
El creyente auténtico, el verdadero, no puede ser otra cosa que un supersticioso. Y es que la posición típica del creyente cuando invoca a Dios, ese característico estar de rodillas, no es originariamente un modo entre otros de expresar la fe, sino la corporización misma de lo divino. El término latino superstitio significa, de hecho, un detenerse ante lo que nos supera, una parálisis. La cuestión es qué produce nuestra superstición. Para la típica sensibilidad religiosa de hoy en día, la inmensidad del cosmos, su inabarcabilidad. Lo habitual es sentirse extasiado ante las medidas del universo, ante el hecho de que un millón de años sea apenas un comienzo. Para muchos de los hombres y mujeres de sensibilidad religiosa sigue valiendo hoy en día lo que valía para el antiguo, aunque sea bajo otros ropajes: lo divino es siempre cuestión de tamaño. Sin embargo, para un creyente —y esto es así desde los tiempos bíblicos— lo que provoca su parálisis, lo que le obliga a arrodillarse, no es tanto la grandeza, la aparición de lo paranormal, sino el hecho de que el cosmos por entero se encuentre sometido a la nada de Dios. Que el todo no sea todo. Es por eso que quien se arrodilla de verdad —quien sufre de superstición— no sea aquél que supone que eso es lo que debe hacer para ponerse en contacto con lo divino, sino aquél que se halla doblegado por la imposible trascendencia de Dios, por su intratable silencio. Como si de Dios no pudiéramos tener otra cosa que el testimonio creyente. Al fin y al cabo, un creyente permanece de rodillas porque, poseído por la altura de Dios, es incapaz de comprender. La vida es un misterio, no porque sea muy difícil de explicar cómo fue posible la vida, sino porque la vida solo puede dársenos bajo el horizonte mismo de la muerte. El misterio es de qué va el sí, cuando el sí es una excepción. Lo dicho: una superstición.