desire

diciembre 9, 2011 § Deja un comentario

Supongamos que uno comienza a sentir un cierto desapego hacia aquella mujer que ama. No es lo mismo decirse que uno ya no siente lo mismo que antes, que decir, como los antiguos griegos, que el espíritu (o el dios) de la desafección se ha apoderado de uno. Quien se dice a sí mismo lo primero es porque se identifica con esa desafección, en general con su inclinación más intensa, e intentará, consecuentemente, seguir su empuje. Su tema será, por lo común, el de cómo realizar un deseo que se concibe como el único indicador de la felicidad. En cambio, quien se dice lo segundo, quizá tenga más posibilidades de enfrentarse a sí mismo, pues es más fácil extirpar un deseo que se comprende como si se tratara de un tumor. Aquí la identidad no depende tanto del deseo como de saber a qué debe responder la propia vida, cosa que solo llegamos a entrever donde hemos encarado el final. Cualquier deseo que no se encuentre alineado con este sentido de la deuda es, por consiguiente, una interferencia. No es casual, pues, que el carácter sea hoy en día algo tan excepcional. Un consumidor, eso que somos al fin y al cabo, no es más que un niño malcriado, alguien que cree con excesiva ingenuidad que todo acontece según la medida de su sensibilidad.

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