J no fue, ciertamente, Eurípides

diciembre 23, 2011 § Deja un comentario

El Dios bíblico no interviene en el mundo de los hombres a la manera del deus ex machina de las tragedias de Eurípides. Si YHWH exige fe y no culto —si no hay culto que valga para YWHW— es porque YWHW no se encuentra ahí para garantizar el futuro del hombre siempre y cuando el hombre haga lo debido. La relación del creyente con el futuro de Dios es la relación de quien solo puede confiar, en medio de la perplejidad de Job, en que el Sí tendrá la última palabra… aunque no sepa ni el cuándo, ni el cómo, ni el dónde. Para un creyente, el futuro solo puede darse como promesa de Dios, en el doble sentido de este ‘de’. El cristianismo, de hecho, es un judaísmo que comprende que la promesa de Dios solo puede realizarse como el darse mismo de Dios. Desde los ojos de la fe, el futuro del hombre se encuentra ligado al futuro mismo de Dios y, así, los tiempos finales, los días del cumplimiento, difícilmente pueden ser vistos de otro modo que como un tiempo imposible, o por decirlo a la manera de los teólogos, como un fin del tiempo o eternidad, al fin y al cabo, como el acontecimiento de un Dios que, en su mismo acontecer, pone fin a la Historia. De ahí, que la apocalíptica no pueda desligarse de la experiencia creyente sin que esta misma experiencia se transforme en una religión entre otras. Estrictamente, no se trata de un supuesto —no se trata de oponer ingenuamente un optimismo naïve al pesimismo lúcido de quien contempla el naufragio de los hombres sub specie aeternitatis—, sino de la ciega confianza que se desprende, como el aliento en quien respira, de la experiencia misma de la vida como aquello que nos ha sido dado en el seno mismo de la muerte… por un Dios que no aparece de otro modo que como esa misma vida dejada de la mano de Dios.

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