la historia interminable
diciembre 23, 2011 § Deja un comentario
Abraham concibe a Isaac ya anciano. Las mujeres santas que pueblan los relatos bíblicos —las madres de Israel— fueron, en su gran mayoría, mujeres estériles. Los tiempos de Dios son, sin duda, tiempos finales, aquéllos en los que hombre, enfrentado a su propia impotencia, ya no puede esperar nada de sí mismo, ningún futuro, ningún happy end. De ahí que los relatos bíblicos insistan en el carácter humanamente increíble de los tiempos de Dios. Dios, o mejor dicho, todo lo debido a Dios ocurre como lo sobrehumano del hombre, esto es, como aquello del hombre que el hombre en modo alguno puede reconocer como una de sus posibilidades. De ahí que los tiempos finales solo puedan ser vividos como un tiempo imposible. Y de ahí también que esos tiempos no sean los de un yo que, por defecto, se sostiene sobre una buena imagen de sí mismo. El hombre de los tiempos de Dios es incapaz de decir impunemente ‘yo’. El yo de los tiempos de Dios ya no vale como yo. Estrictamente hablando es un resto, un clamor, un cadáver andante. Por eso la vida que ese infrahombre pueda darnos —y, por eso mismo, recibir— no puede comprenderse propiamente como suya… aunque tampoco como una vida solo de Dios, como si se tratara de la posesión divina de un cuerpo inerte. Quizá sea por eso que el lenguaje de la fe suponga la quiebra del mito religioso según el cual el hombre y Dios permanecen cada uno en su lugar. Y es que no hay mito que pueda soportar que la vida que podamos esperar más allá de la muerte no sea la que se nos concede desde el más allá al modo de una recompensa, sino la de un Dios que solo puede dar esa vida renunciando precisamente a su divinidad.