bastan los cuerpos

diciembre 27, 2011 § Deja un comentario

Dice Judith Butler que ser un cuerpo es, en gran medida, estar privado de un recuerdo completo de la propia vida. Y no le falta razón. De hecho, ésta es la tesis básica del psicoanálisis y, en última instancia, la convicción más arraigada de la antropología veterotestamentaria: uno no puede reconocerse en aquellos acontecimientos que lo originan. Esto es, nadie puede apropiarse de lo que hizo posible que pudiéramos decir yo. El origen es de por sí traumático, algo que debe ser olvidado por prescripción médica. O mejor dicho: nacemos de un gran rechazo, de un desprecio infinito, en bíblico, del repudio mismo de Dios. La enfermedad mortal, la angustia de Kierkegaard, un fenómeno típicamente protestante, y no por casualidad, tiene que ver con el hecho de que no hemos olvidado lo suficiente esa parte de nosotros que tuvimos que negar —o, mejor dicho, amputar— para llegar a ser alguien. Quien puede creer en sí mismo es porque ha conseguido dar el pego, ocultar su tara, esa lacra que no puede aceptar, ni en sí mismo ni en los demás… y que, sin embargo, le acompañará mientras viva como lo más verdadero de sí mismo. Así pues, si podemos decir yo es porque no podemos admitir la integridad del propio cuerpo. De ahí que aquellos que no conciben otra plenitud que la de una vida inmaculada tengan dificultades para comprender que no puede haber otra redención que la que pasa por abrazar esa boñiga que tuvimos que dejar atrás para poder confiar en nuestra posibilidad.

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo bastan los cuerpos en la modificación.

Meta