… y concibió por obra del Espíritu Santo

diciembre 28, 2011 § Deja un comentario

El relato de la anunciación suele entenderse, sobre todo por los pagos del cristianismo conservador, en clave paranormal: como si se tratara de una variante cristiana del mito aquél en donde Zeus, con el aspecto de un cisne, fecunda a Leda, una humana. Pero esto es a todas luces increíble. Más aún, de ser cierto, lo único que quedaría demostrado es que existen seres superiores —se traten de dioses, fantasmas o extraterrestres más o menos buenos— capaces de fecundar a nuestras hembras. Sin embargo, bíblicamente Dios no se revela en verdad como una divinidad que pueda intervenir en los asuntos humanos alterando el orden natural de las cosas. Parece, pues, que el único modo de salvar el relato pase por la vía de la interpretación metafórica: como si lo único que se nos dijera es que María concibió a su hijo en el espíritu de la bondad de Dios. Ahora bien, si el relato neotestamentario insiste en que María no conocía a ningún hombre cuando concibió a Jesús es porque no pretende decirnos solo eso. De lo que se trata sobre todo es de darnos a entender que ese embarazo era humanamente imposible, esto es, que la concepción de María solo fue viable por la gracia de Dios. De hecho, el relato no es en la Biblia tan excepcional. Bíblicamente, los embarazos imposibles, sean de vírgenes o de mujeres estériles, pretenden indicarnos que la vida debida a Dios es aquélla que se nos da cuando ya no nos queda vida por delante, esto es, cuando la vida que nos queda es una vida que en modo alguno podremos reconocer como nuestra. Por tanto, la intervención de Dios es algo esencial en el relato de la anunciación. Dejarla de lado tiene más que ver con nuestras dificultades con Dios que con las exigencias de una lectura que pretenda ser honesta. Ahora bien, si Dios no interviene al modo de un fantasma bueno, ¿cómo es posible decir que concibió por obra y gracia de Dios? De hecho, es muy posible que tan solo tengamos que leer el relato en clave judía para caer en la cuenta de lo que quiere transmitirnos. Bíblicamente, estar lleno de Dios equivale a estar sometido por entero a Dios… y solo los desamparados, los dejados de la mano de Dios, aquellos que ya no pueden confiar en su posibilidad, se encuentran enteramente sometidos al poder —la posibilidad— de Dios. Así pues, lo más probable es que María fuera una madre soltera… lo cual, en el contexto de una sociedad de raíces tribales, era como decir una cualquiera. Una madre soltera era rechazada incluso por sus propios padres, pues, al no poderla casar con nadie, ya no servía para nada que valiera la pena. Era, por encima de todo, un motivo de vergüenza, una cosa impura. La mujer que concibiera sin estar casada pasaba a convertirse de inmediato en un desperdicio social. De hecho, un fragmento del Talmud atribuye la paternidad de Jesús a un legionario romano, un tal Pantera… con lo que, al margen de la maledicencia que pueda haber en este rumor rabínico, es posible que Jesús fuera el hijo de una violación. Es como si María hubiera sido una judía que, en la Alemania de los años cuarenta, llevara en su seno al hijo de un SS… Decir, por tanto, que el embarazo de María era humanamente imposible no significaría, pues, que fuera fisiológicamente imposible, sino humanamente inviable, esto es, algo que ni María ni ninguna otra mujer pueden llevar a cabo sin destruirse psíquicamente. Admitir un embarazo de este calibre era simplemente cerrarse las puertas del mundo y, en definitiva, de cualquier vida mínimamente digna. María en el momento que concibe a su hijo ya no puede esperar otro futuro que el de los miserables… y en la tradición bíblica todo lo que queda del hombre cuando el hombre ya no puede confiar en su posibilidad es, sencillamente, de Dios. Podríamos decir que lo más humano —lo que humanamente habríamos aceptado o incluso exigido— hubiera sido abortar. Que María, con el apoyo de ese viudo que fue José y que probablemente le doblase la edad, decidiese acoger la vida marcada que llevaba en su seno como una vida sagrada —como una vida nacida de la altura de Dios, como quien dice— es el milagro, por no decir el delirio, que invierte la lógica de este mundo. Se trata de lo increíble no porque sea inexplicable, sino porque es humanamente injustificable. La obligacion de alumbrar esa vida aquí no viene del lado del hombre, sino del lado de un Dios… que deja, precisamente, que estas cosas pasen. De ahí que la primitiva devoción a María esté lejos de ser una superstición. Lucas, por ejemplo, tuvo claro de buen comienzo que no es posible comprender a Jesús sin el fiat de María. Sobre el papel parece que el relato evangélico sea una variante de los mitos que pretenden legitimar a ciertos hombres como caídos del cielo. Pero quien sepa leer entre líneas se dará cuenta que el relato de Lucas, aunque siga el modelo del mito, no tiene su centro de gravedad en la intervención divina, sino en la aceptacion de María. Lucas, como el resto de los autores bíblicos, se sirve del mito para decir lo que ningún mito podrá admitir, a saber, que el poder de Dios —su posibilidad— se encuentra en manos de los pobres. Sin duda, de esas lluvias marianas llegaron los lodos de un Jesús que si predicaba eso tan imposible del amor al enemigo es porque de algún modo se supo fruto de ese amor.



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