¿y si fuera verdad…?

diciembre 31, 2011 § Deja un comentario

Una vida con sentido es una vida que sabe que forma parte de un orden más amplio. Que las cosas no suceden sin más. Una vida con sentido es, pues, una vida que puede dormir en paz, incluso cuando las cosas no acaban de ir conforme a lo debido. Para esa vida, las cosas de este mundo apuntan a una plenitud de la cual únicamente poseemos los vestigios. Y puede que, en definitiva, sea cierto que Dios es la luz que sostiene todo cuanto es. Que este mundo sea simplemente un campo de pruebas. Que, al fin y al cabo, se trate de purgar el propio karma. Que la muerte sea tan solo una transición a otra forma de conciencia. Pero si esto es verdad, entonces el monoteísmo bíblico es un delirio, una extravagancia, una creencia propia de neuróticos. Es de sobras conocido que la experiencia básica del judío no es la de un mundo con sentido, sino la de la radical contingencia de cualquier sentido que repose sobre el orden del mundo. Las cumbres olímpicas no dan la medida del hombre y el mundo no es, por consiguiente, imperfecto, sino, en cualquier caso, incierto. Los dioses y los hombres se encuentran en el mismo pack de un mundo dejado de la mano de Dios. Dios, para un judío, no se revela pues como la sustancia del mundo, sino como la voluntad de la que pende el mundo como si de un hilo se tratara. El mundo por entero se encuentra sub iudice para quien permanece en la perplejidad sufriente de Job. Ni la luz ni la tiniebla se muestran como algo último. Es por eso que el sentido que pueda dar el Dios bíblico es un sentido aplazado, algo aún por ver. Estrictamente, un por-venir. Y es por eso también que bíblicamente suele decirse que Dios se da en el modo de la promesa. En los tiempos del presente, de Dios tan solo tenemos un mandato, un imperativo tan inaplazable como insatisfacible, a saber, el de atender a la demanda del oprimido como si fuera la demanda misma de Dios. El hombre debe aprender a vivir sin otro anclaje que el de la obediencia a una exigencia infinita, esto es, a vivir como un culpable que aguarda la redención de un Dios sin rostro. Lo dicho, un insomnio, un exceso, una enfermedad. Con la paz que da saber que todo se encuentra ya decidido de antemano. Que el mundo es tan solo un lugar de paso, un ámbito en donde, tras la debida purgación, podamos dejar nuestro cuerpo de gusano para volar como crisálidas hacia un más allá sin sombras.

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