a ver quién puede más
enero 2, 2012 § Deja un comentario
El problema del politeísmo es el de la jerarquía de los poderes divinos. La cuestión que el politeísmo debe resolver es, al fin y al cabo, muy simple: ¿qué poder —qué dios— es el más capaz? ¿Cuál es la fuerza que sostiene el mundo? La cuestión del politeísmo es, por tanto, la misma cuestión que se planeta la ciencia. Se trata, en definitiva, de saber con qué poder o fuerza habrá que vérselas. Qué poder tendremos que controlar, sea ritual o técnicamente. Es por eso que el monoteísmo difícilmente podrá entenderse como un politeísmo de un solo dios, pues el que cree en YWHW no busca participar de su fuerza, como esos pobres hombres que buscan el amparo del padrino con más cojones. Para YWHW, como es sabido, no hay culto que valga, no hay sacrificio que pueda ponerle en deuda con el hombre. Y porque el Dios bíblico es insatisfacible, el creyente solo puede invocar su misericordia o su perdón. La relación creyente con Dios no se sostiene, pues, sobre un saber acerca de la divinidad, sino sobre la experiencia fundamental de un Dios que, estando fuera de campo, mantiene el mundo en vilo o, por decirlo de otro modo, sub iudice. Un creyente está convencido de que el mundo no tiene remedio; que la solución a la existencia no pasa por encontrar aquella fuerza a la que conectarse; que el veredicto de Dios es solo cuestión de tiempo. No casualmente YWHW es un Dios de condenados a muerte, como quien dice, de aquellos que no tienen otro futuro que el que una medida de gracia pueda concederles y que, por eso mismo, se sienten obligados infinitamente con aquellos que comparten su misma situación como si fueran hijos bastardos de un mismo padre. Es así que un Dios que se manifiesta como juez y no como fuerza en modo alguno puede entrar en la pugna religiosa. El monoteísmo es, ciertamente, otro asunto.