un mundo feliz
enero 4, 2012 § Deja un comentario
Una buena parte de nosotros vivimos rodeados de aquellos en los que podemos razonablemente confiar. Así, creemos, por ejemplo, que nuestra mujer no contratará a un sicario para librarse de nosotros. O que el camarero que nos sirve el café a diario no escupirá en nuestra taza. O que nuestros hijos, cuando envejezcamos, no nos dejarán en la calle. Este mundo tan nuestro es un mundo digno de confianza, habitable, un mundo en donde las cosas son en gran medida lo que parecen. El peligro existe, sin duda, pero está convenientemente identificado. El malo es el jorobado, el indio, la madastra. Y Dios está de nuestra parte. O la buena energía. Así pues, un mundo que se revela como apto es un mundo en donde cada cosa se encuentra en su lugar. Por eso, cuando las cosas que nos importan tarde o temprano dejan de ser lo que parecen, no podemos evitar la sensación de que nuestro mundo se hunde. Cuando, por ejemplo, aquellos hijos con los que jugamos al pilla-pilla deciden abandonarnos, ya ancianos, en una gasolinera. Tarde o temprano, nuestro mundo se revela como un espejismo en medio de una naturaleza que no distingue entre bien y mal, vida y muerte. Y es que lo natural es que la vida avance devorándose a si misma. Las golondrinas que alimentan a sus polluelos, los dejarán morir de hambre, si se adelanta el invierno. Los leones son capaces de matar de un zarpazo a sus cachorros solo para provocar el celo de las hembras. Por eso, quizá únicamente quien se encuentra sometido al extravagante mandato de un Dios que no admite negociar con los hombres pueda seguir siendo una excepción al orden natural de las cosas. La cuestión, sin embargo, es quién en medio de un mundo habitable podrá creer en semejante Dios.