black death

enero 5, 2012 § Deja un comentario

El otro día vi Black Death, una película de cierto interés, aunque fallida, sobre la caza de brujas durante los tiempos de la peste. Viéndola te das cuentas de ciertas cosas. Por ejemplo, que la fe va indisociablemene unida al temor. Que donde hay presencia de Dios, también están presentes los demonios. Que una cosa va con la otra. El mundo de la Edad Media era ciertamente un mundo en donde el más allá podía hasta olerse. Más aún: los hombres del medioevo existían en medio de un combate entre potencias antagónicas, combate en el que, quisiéranlo o no, debían tomar parte. La disyuntiva es inevitable: o te salvas o te condenas. No caben ahí las medias tintas, el anar fent del oficinista. Por aquel entonces, creer suponía, sin duda, enfrentarse al maligno, el cual se encarnaba, al igual que la bondad de Dios, en ciertos hombres y mujeres: el enemigo, las brujas, los nigromantes… La cuestión que nos plantea la película, aun con los tonos de la serie B, es si cabe creer en un Dios personal y presente, sin unas buenas dosis de superstición. La respuesta es que acaso solo podamos creer verdaderamente bajo el influjo de una superstición. El discurso de la bruja en el tramo final de la película podría firmarlo ciertamente cualquiera de los que hoy en día poseen una sensibilidad religiosa actualizada: Dios no existe, pero la naturaleza lo suple con creces. Ahora bien, la relación que podamos tener en cualquier caso con la naturaleza no puede ser en modo alguno personal: las fuerzas no exigen obediencia, sino solo un saber adecuado, en definitiva, una buena técnica. Un Dios personal solo hace culpables, hombres y mujeres que deben responder por una falta —una negación— que va con ellos. Pero también es posible que solo un culpable pueda hacer de su vida una pasión.

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