Teresa Forcades
enero 7, 2012 § Deja un comentario
En el monasterio de les benetes de Montserrat se masca, sin duda, la paz. Las monjas parecen estar cortadas por un mismo patrón. Todas ellas muestran idéntica mansedumbre. Y todas ellas parecen estar ahí por el mismo motivo: en un momento u otro sintieron la llamada de Dios. Teresa Forcades, por ejemplo, le confiesa al convidat Albert Om que su vocación fue una especie de rapto, algo así como un encontrarse sometida a una fuerza irresistible. ¿Qué demuestra esto acerca de Dios? Antes quizá hubiéramos dicho que todo. Hoy deberíamos decir que nada. Lo que antes se comprendía como respuesta a una demanda del más allá, hoy se explica como algo que se cuece dentro de los estrechos límites de la subjetividad. De hecho, uno puede sentirse llamado por Dios donde simplemente teme enfrentarse a la realidad del mundo o donde no se atreve a sustituir a su madre, como diría Freud. Además es cierto que si te pasas el día sintiendo las vibraciones de Dios es muy difícil que tu cuerpo no acabe adaptándose a su frecuencia de onda. Cómo no va a ser así, si incluso parece ser que las vacas dan mejor leche escuchando un cuarteto de Mozart que bacalao. No obstante, hay dos tipos de hombres: aquellos para quienes el todo lo es todo; y aquellos para quienes, extrañamente, el todo no lo es todo. Y cabe la sospecha de que lo humano se decida más del lado de los segundos que de los primeros. Por eso es posible que las Teresa Forcades de turno estén más cerca de la verdad de lo que podemos modernamente suponer… a pesar de que la impresión es que han hecho de la nada del más allá, de su hiriente silencio, no ya el motivo de una sobrehumana obediencia al mandato de los excluidos, sino la excusa para encontrar un buen rollo en los recovecos del más acá.