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enero 7, 2012 § Deja un comentario

Según Martin Buber la enfermedad espiritual de nuestro tiempo consiste en que uno cuando ora no puede evitar reflexionar sobre el sentido de su oración. El hombre moderno no puede, por ello, dirigirse a un Dios personal sin caer en las procelosas aguas de la mala fe. No casualmente la única noción de divinidad que parece armonizar con el espíritu de los tiempos es aquélla en la que Dios pasa a ser algo así como la electricidad o el aire que respiramos. Pero este Dios, contrariamente al Dios bíblico, no exige ninguna adhesión para valer como Dios. Basta con que lleguemos a saber de su efectiva existencia como quien llega a saber de la existencia, pongamos por caso, del bosón de Higgs. Y acaso sea por eso que el cristianismo solo pueda sobrevivir modernamente como una variante del antiguo gnosticismo… cosa la cual, sin embargo, no puede significar otra cosa que la muerte del cristianismo qua cristianismo. (Algunos, con la intención de cuadrar el círculo, prefieren hablar de Dios como de un interlocutor oceánico. Pero esta manera de dar cuenta de Dios no parece muy seria que digamos. Más bien da la impresión de ser un renovado intento, tan sacerdotal por otra parte, de nadar y guardar la ropa.)

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