made in France

enero 8, 2012 § Deja un comentario

Dice Bergson que el esfuerzo creador que manifiesta la vida es de Dios, si no es el propio Dios. De hecho, no supone nada nuevo decir que se trata de la convicción básica de muchos creyentes de hoy en día. Pero la mayoría de estos creyentes no caen en la cuenta de que no es posible decir al mismo tiempo lo primero y lo segundo: si el effort créateur es de Dios, entonces no puede ser Dios. Y vicerversa. Aunque a la mayoría de los creyentes de hecho les da igual decir una cosa que otra, lo cierto es que uno puede preguntarse honestamente si el encuentro decisivo con Dios —el hecho de estar sometido a su altura y, por consiguiente, a su mandato— puede comprenderse en los términos de un saber acerca de la fuerza que sostiene el mundo. El mundo, ciertamente, (de)pende de Dios, pero no según el modo de la substancia, esto es, de lo subyacente, sino según el modo del juez que se encuentra fuera de la escena del crimen. Si el mundo está sujeto al juicio de Dios es porque Dios se encuentra fuera de campo y no en el fondo de todo cuanto existe. Y es que la experiencia bíblica del mundo no es la de las religiones al uso. Para quienes poseen una típica sensibilidad religiosa, el mundo se halla sostenido por un poder, el cual es, en tanto que originario, de Dios. Por eso la pregunta de la disputa religiosa es qué poder sostiene en verdad el mundo, pues quien pueda participar de ese poder tendrá asegurada cuanto menos una cierta plenitud. Pero un judío no se interesa por el poder —la fuerza, la plenitud—, sino por la salvación. Esto es, para un judío, la cuestión es si este mundo o, cuanto menos, el justo de este mundo merecerá la misericordia de Dios. Y si esta es la cuestión y no otra es porque en el fondo la experiencia judía del mundo no es, precisamente, la de un lugar habitable, lo que se dice un hogar, sino la de un mundo dejado de la mano de Dios, un mundo en donde Dios se ha tomado un merecido descanso, un mundo que permanece a la espera, precisamente, del despertar de Dios. Quien se encuentra ante Dios no se encuentra, pues, como aquél que se pregunta qué debe hacer para conectarse con la fuente de la vida, sino como la de ese condenado a muerte que se mantiene en vilo a la espera de una medida de gracia.

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