cottolengo
enero 14, 2012 § Deja un comentario
El otro día, a la salida de un «jueves», Alex Escoda me cuenta que un deficiente del Cottolengo al que le estaba dando de comer le dice como quien no quiere la cosa aquello que muchos hijos de cristianos ya no pueden ni siquiera balbucear, a saber, que ahí arriba me espera un mundo mucho mejor para mí. ¿Una ficción útil, una vez más? Puede. Sin embargo, no tiene por qué ser así. Al menos, en el caso creyente. Me explico. Una cosa es la expectativa que obedece a nuestra necesidad de escamotear la angustia ante la muerte y otra la esperanza que corresponde a una existencia que abraza lo más vivo de la vida. En el primer caso, la expectativa, por lo común repleta de imágenes, nace y muere en nosotros. Y, así, quien necesita creer de este modo siente intensamente que tiene que haber un ‘mundo de paz y amor’ más allá de la muerte porque, de lo contrario, difícilmente podría soportar su vida de ahora. En cambio, la esperanza creyente no nace de un yo que necesita decirse que no hay en realidad muerte. Arraiga, mas bien, en esa perplejidad que va de la mano de una vida que solo puede darse frente al acontecimiento mismo de la muerte de los hijos, propios y ajenos. El tema aquí no soy yo y mi angustia, sino la muerte, siempre injusta, del inocente. De hecho, no sé si la muerte tendrá o no la última palabra. De hecho, no tengo ni idea. Pero lo cierto es que la vida que nos ha sido dada no debe acabar con la muerte. Tan solo sé que una vida debida a Dios —una vida que únicamente puede vivirse como dada en tanto que soporta la infinita altura de Dios—, no puede acabar sin haber vivido en verdad. La esperanza creyente carece, en realidad, de expectativa. Y una esperanza que no se sostiene sobre ninguna imagen del más allá, en cualquier caso se acaba imponiendo como la expresión —el síntoma— de cómo vivimos esta vida. Al fin y al cabo, la esperanza creyente es la exigencia que va con una vida adherida a la vida más frágil —del mismo modo que la sensación de tener un suelo bajo los pies va con el andar— y no ese supuesto que necesitamos afirmar con la intención de reducir nuestra desesperación ante la muerte.