aquarium (2)

enero 18, 2012 § Deja un comentario

Muchos de los que aún se preguntan por si hay o no hay otro mundo, se lo preguntan como si fueran peces abisales que se interrogan sobre si hay algo más allá del océano. De hecho, esos peces no pueden ni siquiera imaginarse una existencia como las de los hombres y mujeres, pongamos por caso, de NY. Para los abisales, una ciudad como NY es sencillamente inconcebible. Y resulta obvio que nuestra situación es tan profunda como la suya. Modernamente, solo fantaseando podemos concebir un cielo que valga fuera de nuestro mundo. Ahora bien, nuestra dificultad no quita que en realidad pudiera haber otros mundos más allá. De hecho, lo más probable es que haberlos, los haya. De hecho, seguimos sin tener mucha idea de tot plegat. Sin embargo, lo cierto es aunque los hubiera, estos no serían otra cosa que otro mundo dentro del mismo mundo, esto es, una nueva dimensión de una y la misma totalidad. Lo que para los antiguos era un cielo habitado por seres divinos, para nosotros sería simplemente una dimensión aún por descubrir, una nueva América, un nuevo continente que explorar. Con todo, tan solo ingenuamente creeríamos que ese descubrimiento confirma la vieja fe en el Dios bíblico. Pues esa fe de buen comienzo surge no ya como una creencia entre otras en la efectividad de lo sobrenatural, sino como un cuestionamiento de la totalidad, esto es, como la impugnación de su autosuficiencia. Y no porque al mundo le falte otro mundo, sino porque el mundo por entero se encuentra bajo amenaza o, como también suele decirse, pendiente de juicio. La caída de lo sobrenatural, la perdida de credibilidad del ámbito que en principio debiera proporcionar un sentido a la existencia, es tan antigua como el monoteísmo. En verdad, bíblicamente la cuestión del sentido es desplazada al final de los tiempos. Así, sobre este asunto, Dios dirá. El sentido de nuestra existencia, como Dios mismo, aún está por ver. Quien se encuentra sometido a Dios no se encuentra, pues, sometido ni a un arquetipo o ideal —lo que en bíblico se denomina ídolo—, ni a una fuerza o poder al que podríamos conectarnos, aunque se trate de la fuerza del amor, sino al mandato que se desprende de la pérdida de credibilidad del arquetipo y de la trivialización de las fuezas que intervienen en el mundo, al fin y al cabo, del hecho de que la luz y la tiniebla son debidas al mismo Dios (Is 45, 7), a su intratable trascendencia. Por tanto, un creyente es aquél que soporta sobre su espalda la falta de sentido de un mundo que, por eso mismo, pende del hilo de la voluntad de Dios. El creyente no es aquél que sabe de Dios —aquél que supone que Dios es de un modo u otro—, sino aquél que sabe, por haberlo sufrido, que en el presente no cabe honestamente hacer otra cosa que obedecer a la demanda infinita de un Dios cuya voz es la de los muertos que reclaman una vida que no llegaron a vivir.

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