… y el espíritu será derramado sobre toda carne

enero 25, 2012 § Deja un comentario

Si se trata de ser bueno —si se trata de transpirar bondad por todos los poros—, entonces hemos de admitir que nadie es bueno en verdad, pues nada es en verdad lo que parece. Aquí los buenos podrían objetar lo que suelen dar por obvio: que se trata de aproximarse a esa bondad suprema o ideal que podemos llamar Dios. Pero diciendo esto no se dan cuenta que hacen de Dios una idea o, en términos bíblicos, un ídolo, aun cuando se trate del ídolo de la bondad. Un ideal es un límite asintótico y, por tanto, una idea. Y no casualmente quienes sostienen esta concepción de Dios ven el conflicto interior como un combate entre potencias o inclinaciones antagónicas, el cuerpo y el alma, la materia y el espíritu. De lo que se trata es de soltar lastre, de elevarse por encima de la bestia, de iluminar la oscuridad. Como si al fin y al cabo la vida interior consistiera en poner los medios adecuados para alcanzar la transformación, para que, dejando de ser animales, acabáramos siendo como Dios. En cambio, si se trata de responder al mandato de Dios, la cosa es muy distinta. Aquí no importa cómo seamos en un principio, pues lo que nos hace capaces de responder a Dios no es un determinado modo de ser, aquél que resulta de una vida purificada, sino una determinada situación, precisamente, aquélla en la que no somos más que quienes invocan a Dios y no escuchan otra respuesta que la del clamor de los abandonados de Dios. A veces los evangelios parece que no digan otra cosa, a saber, que quienes son capaces de responder a Dios, no lo son porque previamente hayan alcanzado las cimas de una bondad intachable. De hecho, ocurre lo contrario: quienes responden a la voluntad de Dios son aquellos que, de tan cubiertos que están de su propia impotencia, ya no pueden aspirar a ninguna elevación. Como si aquello que les impulsara a la obediencia fuera la visión de que la vida de las víctimas inocentes es sagrada como la vida misma de Dios. Como si ellas debieran vivir aun a costa de nuestra propia vida. Como si, en definitiva, solo este imperativo nos salvara de caer en el nihilismo al que nos empuja un mundo que no distingue entre el Bien y el Mal. Será verdad, pues, que no hay salvación que no entrañe el sacrificio del hombre por el hombre. Lo asombro es que los primeros creyentes llegaran a ver el sacrificio del hijo del hombre como el sacrificio mismo de Dios.

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