en la corta distancia
enero 29, 2012 Comentarios desactivados en en la corta distancia
Muchos están convencidos de lo que cuentan por ahí, a saber, que con el deseo basta. Que es suficiente con un «me gustas mucho» para que la historia se mantenga en pie. ¡Cuánta ingenuidad, diosss! Pues lo cierto, como saben perfectamente los viejos amantes, es que el deseo, por muy intenso que sea, tiene fecha de caducidad. Como la leche o el zumo de tomate. La pregunta es ¿qué sostiene el vínculo entre hombre y mujer más allá del deseo? ¿Acaso solo la costumbre, la inercia, la resignación? Por defecto, un vínculo que trasciende el impulso encuentra su fuerza en lo que representa o encarna. Y aquí caben principalmente tres posibilidades. O el vínculo es un caso particular de una relación arquetípica o divina, un ejemplo de lo que hoy vemos en las películas o los antiguos escuchaban en el relato del mito; o la unión entre hombre y mujer representa a escala reducida la unión de las potencias cósmicas como puedan ser las del Yin y el Yan; o, finalmente, el compromiso de los esposos no reflejaría otra cosa que la voluntad, mejor dicho, el deber de preservar de la nada la vida que engendraron. Las dos primeras posibilidades pueden ir en un mismo saco, el saco del paganismo, pues su presupuesto es el de las antiguas culturas politeístas, a saber, de que no hay otro sentido que el que deriva del hecho de participar del orden (sobre)natural de las cosas, sea por la vía de la emulación, sea por la de la sintonización. La tercera, por contra, arraiga en la tradición del monoteísmo, aquella que comprende el mundo por entero, incluído un supuesto orden sobrenatural, como doblegado a un Dios que brilla por su ausencia, como decía la Weil. Aquí la vida no puede sintonizar con una naturaleza perfecta o sobrenatural, pues la naturaleza en sí misma no distingue entre bien y mal, vida y muerte. No hace falta ser un Nietzsche para ver que la vida solo puede avanzar fagocitándose a sí misma. La separación entre buenas y malas vibraciones o entre dioses buenos y malos no es natural, por mucho que se empeñenen quienes creen en las dietas vegetarianas o en el poder de las piedras como si fueran la solución a la existencia. En cambio, la naturaleza para el creyente posee una ambivalencia que solo puede resolver el mandato de un Dios que se encuentra más allá de lo sobrenatural como ese Dios que da la callada por respuesta cuando quienes sufren su elección le exigen un sentido a su sufrimiento. La fuerza del vínculo, según la tradición monoteísta, no depende, pues, de ningún orden superior, sino más bien de la quiebra de ese orden. El amor nace aquí del hecho de tener presente que no hay más vida que la debida a un Dios que solo podemos echar en falta. Efectivamente, solo quienes viven la vida que les ha sido dada bajo el horizonte del silencio que cubre la totalidad del cosmos pueden abrazar la vida, más allá de la sentimentalidad, como eso que deben preservar, precisamente, de un cosmos en sí mismo indiferente. Y eso en nombre de un Dios que está por ver. El resto probablemente sea un cuento. Aunque sea nuestro.