la imposible compasión

febrero 3, 2012 § Deja un comentario

Joan-Carles Mèlich cierra su libro dedicado a la ética de la compasión comentando la última escena del relato de Joyce, los muertos, para ilustrar la tesis de Levinás sobre la imposibilidad de la compasión. La idea, en el fondo, es simple. El otro es en verdad otro solo porque su indigencia —su falta de entidad, su lamento— no se encuentra a nuestro alcance. Nunca abrazamos por entero a quien abrazamos. De ahí que Levinás diga que no hay otra epifanía que la que pone de manifiesto la distancia infinita del Rostro. La Altura de Dios deja una huella en el Rostro. Una mirada no revela su verdad, su carácter de Rostro, hasta que no refleja la Altura de Dios, el desamparo al que nos arroja un Dios en standby. Y esto es lo que no comprendemos cuando somos demasiado jóvenes: que la realidad está hecha con los materiales de la ausencia; que lo real es, precisamente, lo siempre pendiente de las cosas que podemos ver y tocar; que no hay otra libertad que la de quien se siente obligado a lo que en modo alguno podrá realizar; que unos a otros nos debemos una compasión imposible. Será verdad que, al fin y al cabo, Dios solo puede ser adorado. Que el último gesto es el de quien permanece en silencio ante el rostro del pobre… después de haberle dado, eso sí, el pan que necesita. Hay que ser estúpido para creer que lo más real es lo que nos traemos entre manos, aquello que podemos retener o apresar, sea con el cuerpo, sea con el pensamiento o la imaginación. Aunque un judío diría mejor que hay que ser culpable para confundir a Dios con la divinidad.

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