1917

febrero 5, 2012 § Deja un comentario

El cristianismo nace como una auténtica revolución popular. O, por decirlo a la manera de Nietzsche, como una inversión del orden natural de las cosas. En la Antigüedad era impensable que los brutos —los campesinos, los esclavos, las rameras…— fueran capaces de la más mínima elevación. Y si era impensable no es porque los antiguos aristócratas fueran todos ellos unos clasistas—que lo eran—, sino porque la evidencia parece estar de su lado. De hecho, tanto ayer como hoy, un bruto se encuentra más cerca de la vida animal que aquéllos que, pongamos por caso, llegan a emocionarse con los poemas de Rilke o con el pensamiento de Platón. Una cosa es seguir tu impulso, sea del color que sea, y otra muy distinta ser capaz de cuestionarlo en nombre de una etérea integridad. Una cosa es vivir plegado a lo que tienes ante tus narices, y otra vivir las cosas desde el fondo mismo de la nada que sostiene todo cuanto es. Una cosa es ver un cuerpo como si solo consistiera en unos cuantos orificios y otro ver la nobleza del alma entre los resquicios de un cuerpo en ruinas. Para los antiguos, solo una adecuada formación —una buena paideia— podía garantizar que los hombres lograran trascender su condición animal. Que hubieran unos iluminados que dijeran, no solo que los brutos podían también elevarse como los filósofos, sino que solo ellos eran capaces de lo divino era algo tan inadmisible como que hoy en día alguien dijera lo mismo de los simios o los perros, animales con los que podemos, sin duda, empatizar, pero animales al fin y al cabo. Y que el Imperio, para más inri, acabara siendo cristiano —que una buena parte de la clase intelectual terminase convencida de que había una paideia cristiana— es algo que, probablemente, tengamos que agradecérselo a las herejías que hicieron digerible el kerygma evangélico, en particular al gnosticismo, aunque sea al precio de deformar su carácter transgresor hasta transformarlo en una variante, más o menos esotérica, de las religiones orientales. Para que luego digan que la Iglesia es tonta.

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