3D
febrero 11, 2012 § Deja un comentario
Una de las críticas más habituales que uno tiene que escuchar sobre la creencia religiosa es que, se vista como se vista, no es más que una proyección. Que uno cree en el dios que quisiera ser. Pero es posible que quien dice esto aún no comprenda la diferencia entre una divinidad religiosa y el Dios del monoteísmo, entre un padre difícil de ver y un padre muerto. Un hijo puede fantasear con un padre que nunca para por casa pero que, se supone, sigue por ahí, de aeropuerto en aeropuerto. Puede imaginar, al fin y al cabo, que su padre es el que le hubiera gustado tener. Sin embargo, con un padre en la fosa ya no cabe seguir suponiendo que es lo que en modo alguno puede ya ser. Un hijo, en este caso, solo puede hacerse cargo de su herencia, una madre, unos hermanos que mantener. Tras la muerte del padre, un primogénito debe ocupar su lugar. El único vínculo que podrá mantener con el padre es el que mantenga con sus huellas: la mujer que amó, los otros hijos que también engendró. Me cuesta creer que quien se encuentra sometido al deber que nace de una falta de tal calibre sea una proyección. Los huérfanos apenas tienen tiempo para soñar.