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febrero 11, 2012 § Deja un comentario
La crítica a la idolatría que sostiene la convicción monoteísta desde sus orígenes no debe comprenderse como un cambio de referente para la idea genérica de Dios —como si el creyente hubiera descubierto que Dios no es cruel, sino bueno—, sino más bien como una impugnación de la idea religiosa de Dios. Para Isaías, Dios no se revela como esa fuerza que se hace presente al modo de un deus ex machina, ni siquiera cuando se trata de hacer justicia. Estrictamente, la esperanza creyente en la Justicia de Dios es una esperanza en la posibilidad de lo imposible. Como si Dios y su Justicia en modo alguno pudiera darse como la posibilidad de un mundo, aunque se trate de un mundo sobrenatural. Dios y su Justicia no se ofrecen como una opción creyente entre otras disponibles. Quien espera la Justicia de Dios no puede esperar otra cosa que la imposible Justicia de Dios, pues, bajo el peso de las incontables víctimas inocentes de la historia, quien espera la imposible Justicia de Dios no es nada más que esa esperanza, esa invocación. O, por decirlo de otro modo, quien aún confía en sus posibilidades ante Dios todavía se halla lejos de encontrarse sometido a la verdad de Dios. La crítica a la idolatría no funciona, así, como un descubrimiento de la verdadera naturaleza de Dios, sino como el rechazo de todo intento de concebir a Dios, precisamente, como naturaleza. Quien cree en Dios no supone nada de Dios, sino que, por el contrario, se encuentra, sometido a la inviabilidad de todo supuesto acerca de Dios, al fin y al cabo, a la irreversible invisibilidad de Dios. Decir que no hay otro Dios que YWHW es decir, sencillamente, que no hay divinidad —que no hay fuerza o poder— que pueda valer como Dios. Pero quien antiguamente oía esto de que Dios en verdad no puede valer como poder, entendía que Dios en verdad no puede valer como divinidad. Y es así que para el creyente la fuerza de Dios es la que nace en el corazón de los que sufren la falta de Dios como el insoslayable mandato de preservar la vida de muertos, la vida de quienes ya no tienen vida por delante como si fuera la vida misma de Dios. La profesión de fe del monoteísmo no debe comprenderse, por tanto, como si se nos hubiera dicho que el autor de Hamlet fue en verdad Marlowe, en vez de Shakespeare, sino como si se nos dijera que es irrelevante quién haya escrito Hamlet. Que no hay autor que pueda ser aquí verdadero. Pues si Hamlet es Hamlet es porque hubo un lector como Samuel Johnson que supo extraer la vida de Hamlet como si el mismo hubiera tenido que crearla ante la imposibilidad de resolver de una vez por todas la cuestión del autor.