diálogos del conocimiento

febrero 13, 2012 § Deja un comentario

Dice ella: mis hijos son sagrados. Su vida es la vida que Dios me ha dado.

Dice el moderno: esto lo dices porque te han salido bien… Apelas a Dios porque te gusta sentirte diferente a un animal. Pero aquí no veo otra cosa que instinto sublimado. Otro gallo cantaría, si tus hijos acabaran siendo unos cabrones, por no decir, unos genocidas…

Ella: es posible que porque me han salido bien pueda ver fácilmente lo que, en cualquier caso, debería ver. Los antiguos siempre consideraron la locura como una puerta de entrada al más allá. Somos nosotros quienes decimos que el más allá es el efecto de su locura. Sea como sea, hay que estar loco para ver que no hay nada más allá.

Moderno: ¿me das, pues, la razón?

Ella: decimos lo mismo, pero no vemos lo mismo. Porque no hay más allá, tú te quedas con las cosas. Pero precisamente porque nada hay más allá, yo no puedo quedarme solo con las cosas. Las cosas no se bastan a sí mismas. Todo se encuentra suspendido de un gran silencio. Todo permanece a la espera.

Moderno: no hay nada que esperar…

Ella: cierto, pero por eso mismo todo permanece a la espera. Todo es en relación con un porvenir inconcebible. El mundo debe resolverse, aun cuando no podamos imaginar el cómo sin falsear la espera. La muerte no puede tener una última palabra para quien abraza la vida. Pero sin muerte no puede haber vida que valga. Creer es permanecer en el impasse de Job.

Moderno: ¿quieres decir que puesto que Dios no existe, todo es posible?

Ella: al contrario, porque Dios no existe, no todo es posible. Precisamente por ello hay lo imposible. Estricta lógica. En realidad, lo imposible —ese silencio que se encuentra fuera de la totalidad— es lo único que hay.

Moderno: que seas capaz de ver esto solo tiene que ver con tus capacidades… no con la realidad del mundo.

Ella: las cosas solo son reales porque tienen su realidad pendiente; porque se nos dan sobre el fondo mismo de la nada; porque la nada les pertenece como lo más íntimo; porque, al fin y al cabo, no acaban de ser… Tu error consiste en creer que el mundo está hecho de cosas. Pero que puedas ver cosas depende de que eso que ves sea, en definitiva, algo que no puedes ver, algo siempre más allá de su aspecto; depende de que la nada sea, al fin y al cabo, innombrable.

Moderno: no entiendo nada…

Ella: por supuesto. Un espectador es incapaz de ver (la) nada.

 

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