¿fue la resurrección un mcguffin?
febrero 14, 2012 § Deja un comentario
La resurrección de Jesús de Nazareth no fue un acontecimiento. De hecho, el lenguaje de la resurrección fue, en su momento, un lenguaje disponible, esto es, algo que podía decirse de alguien sin que sonara a chino. Antiguamente decir resucitado era como decir hoy en día, por ejemplo, que tal o cual ha salido del pozo de la depresión. Difícilmente entenderíamos que los exegetas, de aquí a tres mil años, se preguntaran cómo podíamos creer que la depresión era de hecho lo mismo que caer en el pozo, ya que para nosotros resulta obvio que una depresión es en verdad lo mismo que caer en el pozo, aun cuando de hecho no sea así. Pues algo parecido pasa con la resurrección. En la antigüedad helenística, decir que tal o cual hombre había resucitado significaba que había logrado sustraerse, por la intercesión divina, al dominio del Hades. Y en principio resucitaban aquellos que habían alcanzado en vida un estado casi sobrenatural o, lo que viene a ser lo mismo, poderoso. Así, resucitaban los héroes y resucitaban los emperadores… o, cuanto menos, algunos. Es cierto que las cosas no eran exactamente así en el judaísmo de por aquel entonces, aun cuando se tratase de un judaísmo fuertemente helenizado. Para ese judaísmo, la resurrección era antes que nada la antesala del Juicio de Dios. Pero si aquellos judíos creyeron en la resurrección de los muertos fue porque, al fin y al cabo, adaptaron la creencia pagana a la expectativa judía de un final de los tiempos. Todos los muertos tenían que resucitar, si el Juicio de Dios tenía que alcanzar a vivos y muertos. En cualquier caso, el acontecimiento no fue —decíamos— la resurrección, sino el hecho de que el resucitado fuera precisamente Jesús de Nazareth, un maldito de Dios, un predicador fracasado, alguien que había sufrido hasta el extremo el abandono de Dios. Jesús resucitado significó, al menos inicialmente, que Jesús decía la verdad: Dios le había resucitado y, por consiguiente, la venida del Reino era cuestión de días. Aquí la tumba vacía jugó probablemente un papel determinante, aun cuando en verdad no constituya una prueba de la resurrección. Sobre la base de esta constatación, los más simples y, por tanto, supersticiosos de quienes siguieron a Jesús —y no es necesario recordar que el cristianismo fue de buen comienzo un movimiento de simples— pudieron creer, en continuidad con lo que había creído Jesús, que la irrupción de Dios era inminente. Nos equivocamos cuando creemos que la fe en la resurrección se basa en las apariciones. Como defiende la mayoría de los especialistas, los relatos de las apariciones son originariamente independientes del relato de la resurrección. Los primeros cristianos no creyeron en la resurrección porque vieran al resucitado, sino que vieron al resucitado porque creyeron en la resurrección. No sabemos a ciencia cierta que vieron esos hombres y mujeres, si es que vieron algo. Pero sí sabemos que, a partir de una tumba vacía, pudieron seguir creyendo en la proximidad del Reino que había anunciado Jesús de Nazareth. Que sobre esta base algunos creyeran que Jesús andaba por ahí como un aparecido es lo de menos. Lo cierto es que la creencia en la resurrección dió un definitivo impulso al ethos cristiano, de hecho el verdadero motor de la expansión del cristianismo. La resurrección no fue el acontecimiento. La resurrección fue el mcguffin, el motivo por el que esos primeros cristianos pudieron tomarse directamente en serio la posibilidad de una inversión de los valores. En un mundo como el antiguo, proclamar que los últimos serían los primeros o cosas por el estilo suponía proclamar algo literalmente increíble. Si alguien podía creer seriamente en ello es porque el que lo anunciaba mostraba poseer el poder de Dios y Jesús, sin duda, poseía ese poder, al menos para quienes le siguieron en Galilea. Los ciegos ven y los cojos andan: esa era la señal. Por eso la muerte abyecta de Jesús de Nazareth fue tan decepcionante. Ninguno de sus discípulos podía seguir creyendo en la inminente llegada del Reino. Muerto el perro, muerta la rabia. De ahí que la tumba vacía fuera vista, desde la expectativa escatológica y a ojos de los más simples, como la definitiva intervención de Dios y, por tanto, como el inicio de los tiempos finales. El Juicio había comenzado y los pobres podían tener una esperanza digna de crédito. Los pobres al fin podían creer verdaderamente en el final de la pobreza. La fe en la resurrección, basada inicialmente en el hecho de una tumba vacía, fue algo así como la toma de la Bastilla de la antigüedad romana. Ahora bien, a medida que el final de los tiempos se iba aplazando sine die, el cristianismo tuvo que hacerse griego para seguir justificando un ethos originariamente judío como un ethos universal. Ya no bastaba una tumba vacía para confirmar la verdad del ethos cristiano. Jesús tuvo que hacerse realmente divino. Ya no era el enviado de Dios, sino Dios mismo paseándose por la tierra. Jesús dejó de ser el profeta de Dios para ser el portador del amor salvífico de Dios. El tema ya no era la inminente llegada del Reino, sino la Encarnación. Y con ello el cristianismo fue dejando de lado su potencial subversivo para convertirse como quien no quiere la cosa en una religión entre otras, esto es, en un camino hacia la plenitud de Dios, aunque, y a diferencia del resto de las religiones, se insistiera en que ese camino había sido transitado previamente por un Dios que descendió hasta hacerse maldición por nosotros, los hombres. Así pues, a medida que el ethos cristiano se fue haciendo evidente —a medida que el ethos se fue independizando de la expectativa escatológica de la proximidad del Reino— la verdad cristiana tuvo que hacerse cada vez más sofisticada hasta comprometer la noción misma de la divinidad. A partir de entonces —a partir de la identificación de Dios con el Crucificado— el cristianismo solo pudo sobrevivir a costa de su verdad originaria, o bien tolerando el docetismo que inicialmente condena, o bien engendrando en su seno la teología de la muerte de Dios o, lo que viene a ser casi lo mismo, el ateísmo moderno. Pero este ya es, sin duda, otro asunto.