credo
febrero 26, 2012 § Deja un comentario
El hombre no dispone de sus creencias. Más bien, cada uno cree en lo que puede. Como si las creencias fueran unas u otras según el tipo de existencia que uno lleva encima. Así, por ejemplo, un consumidor no puede confesar honestamente que el Crucificado es Señor. Como tampoco un intelectual puede admitir que una tumba vacía suponga de por sí una resurrección. Es por eso que la cuestión no es tanto si puede ser verdad que el Crucificado es Señor —como si hubiera un hecho que nos permitiera certificarlo de una vez por todas—, sino si podemos creer en ello. Y a qué precio.