Dios no explica nada

febrero 26, 2012 § Deja un comentario

Tienen razón quienes sostienen que disponemos de mejores explicaciones que aquellas que remiten a Dios. En realidad, no es que, de por sí, el recurso a Dios sea un mal recurso, sino que solo funciona como tal donde Dios se da por descontado, precisamente, como esa última instancia a la que apelar. Donde Dios pasa a ser una opción personal, como pueda serlo la creencia en hadas madrinas, uno solo puede referirse deshonestamente a Dios a la hora de procurar una explicación de los acontecimientos aparentemente inexplicables. Un Dios que necesita ser supuesto para que funcione como Dios, aunque sea a título individual, ya no puede valer como Dios, esto es, como esa falta que, sometiéndonos a la demanda infinita de un rostro, nos arroja indefectiblemente fuera del mundo. Tampoco es que cambien mucho las cosas, cuando recluimos a Dios en los recovecos de la propia intimidad para convertirlo en el agente de nuestros mejores impulsos. Un impulso sigue siendo un impulso aun cuando lo bauticemos con el nombre de Dios. No hay diferencia relevante entre quien confía en la fuerza de un Dios que se encuentra en lo más profundo del alma como ese poder que nos hace incluso capaces, bajo condiciones excepcionales, de perdonar lo imperdonable, y quienes confían en ese mismo poder a secas, esto es, sin necesidad de bautizarlo como divino. Sé que muchos creyentes sostienen hoy en día que lo de menos aquí es el nombre. Que lo decisivo es creer —confiar— en la efectiva realidad de Dios. Pero esto es lo que defiende el paganismo en general —que quien trata con la divinidad, en cualquier caso, trata con un poder que puede admitir diferentes nombres según los mundos o las épocas— y bíblicamente siempre se tuvo a Dios por un Dios que renuncia a su poder para que el hombre tenga, cuanto menos, la oportunidad de redimirse. Y es que en la Biblia, si alguien es capaz de responder a Dios, no es porque posea en su interior la fuerza de Dios —pues Dios no se posee en absoluto—, sino porque la efectiva realidad de Dios, aquella que se expresa como extrema trascendencia, lo deja, literalmente, sin fuerzas. O, por decirlo de otro modo, porque la realidad de Dios no es la de una fuerza (sobre)natural, el espíritu de Dios puede nacer en el seno de quienes sufren el vacío de Dios.

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