fragmento de una conferencia
marzo 10, 2012 § Deja un comentario
Ahora bien, una visión no es una interpretación. Una vision no es una interpretación de un hecho que admite una descripción objetiva, esto es, independiente de una cosmovisión. No hay hecho que pueda ser descrito al margen de una determinada visión del mundo. Por ejemplo, nosotros cuando vemos una medalla olímpica no vemos en primer lugar un trozo de metal que solo posteriormente vemos como si fuera una medalla. Una medalla olímpica es solo un trozo de metal para un aborígen australiano, pongamos por caso, pero no para nosotros. Nosotros, cuando vemos una medalla, vemos de entrada una medalla. Eso que tenemos ahí es una medalla y no un trozo de metal que vemos como una medalla. Solo por medio de una abstracción podemos decir que no es más que un trozo de metal. Pero de hecho vemos una medalla. Y ver una medalla supone ver todo aquello que implica una medalla, todo lo que representa. Ver una cosa supone ver el mundo que (la) soporta. Toda cosa carga con el peso del mundo. Para los aborígenes australianos, en cambio, ese trozo de metal no significa nada, esto es, no representa nada otro: no es más que un trozo de metal… Y no puede ser de otro modo, pues su mundo es otro. Ciertamente, los aborígenes son capaces de comprender por analogía lo que ese pedazo de metal significa para nosotros —por ejemplo, la cifra del éxito o de la victoria—, pero si su mundo no contempla la posibilidad del exito individual o de la victoria simbólica en una competición, entonces no verán —no podrán ver— lo mismo. Quizá lo puedan ver como sus trofeos de guerra, por ejemplo, el cráneo del enemigo. Pero una medalla no es un trofeo de guerra del mismo modo que un tren no es un caballo de hierro. Suponer que los aborígenes son más objetivos que nosotros a la hora de ver una medalla es no entender que si solo ven un trozo de metal es porque no pueden ver otra cosa, no porque en verdad el significado de esa medalla sea algo que un sujeto pega a la visión de un simple trozo de metal. Un ciego no es más objetivo porque diga que una flor no es más que su olor. El no es más que característico de una visión objetiva de las cosas no es más que el índice de una pérdida de visión, al fin y al cabo, un índice de una determinada situación. Una cosa es siempre más que lo que muestra —una cosa siempre remite a lo que de algún modo se situa más allá de sí misma, precisamente, como la condición misma de su darse como tal o cual cosa—: una cosa solo puede darse en medio del (entramado del) mundo o, lo que viene a ser lo mismo, en el interior de un campo de significaciones. Así pues, si podemos ver por ejemplo, una mesa ahí es porque una mesa no es una mesa, sino en el fondo, otra cosa, se trate de un altar o de un enjambre de átomos; porque, en definitiva, siempre cabe decir que es otra cosa. En última instancia, si vemos una cosa es porque debe ser algo más, algo en verdad otro. Por consiguiente, si vemos una mesa es porque es siempre algo más que una mesa. Si decimos de una mesa que no es más que un enjambre de átomos no estamos, pues, refiriéndonos a la mesa en sí misma —la cual es, por defecto, siempre más de lo que parece—, sino a nuestro mundo: estamos diciendo que nuestro mundo no puede ya ver esa mesa como altar del sacrificio… salvo como un modo de ver —una interpretación— de lo que en sí mismo no es más que un enjambre de átomos. El en sí mismo es, por consiguiente, el espejismo que aparece en medio del desierto de un mundo desmantelado. Cuando nos desembrazamos de una visión de las cosas y la sustituímos por otra inevitablemente creemos haber dado con el hueso de la cosa, cuando lo único que habremos hecho es cambiar una cosa por otra, un altar por un enjambre.