corte fino

marzo 12, 2012 § Deja un comentario

Finitud es no poder responder al último porqué. O, también, las piezas nunca encajan del todo, si es que encajan. Nuestra finitud nos obliga, pues, a tomar por último lo penúltimo. A creer que terminamos el puzzle, cuando aún le falta alguna que otra pieza. A afirmar, por ejemplo, que uno se convierte en rehén de su hermano cuando percibe una común orfandad. Esto es así para quien puede verlo así, pero no para quien puede cuestionar que el hecho de convertirse en rehén se derive de la falta de Dios o, por decirlo más ajustadamente a la tradición bíblica, de un Dios en falta. Encontrarse sometido a la propia finitud es encontrarse sometido a la exigencia de una última verdad —a la necesidad de un suelo sobre el que arraigar—, aun cuando en realidad no haya algo así como un hecho último. Finitud es, por tanto, la imposibilidad de poseerse a sí mismo. Uno siempre depende de lo que debe reconocer como último aun cuando no pueda demostrarlo. Y nadie puede elegir que última verdad está obligado a admitir. Aquí, como en muchas otras cosas, la situación manda.

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