filosofía

marzo 12, 2012 § Deja un comentario

Hay filósofos que piensan que la filosofía consiste solo en tocar las pelotas, tal y como, según cuentan, hacía Sócrates en el agora ateniense. Es decir, en cuestionar cualquier verdad que podamos tomar por incuestionable. De hecho, esto es lo más fácil, una vez pillamos el truco. Solo hace falta preguntarle a alguien cómo sabe que es cierto lo que sostiene para ver como va perdiendo pie. Pues de hecho sabemos qué significan las palabras, incluso las grandes, siempre y cuando no nos lo preguntemos demasiado. Las palabras serían, así, como los tablones de un viejo puente de madera, los cuales aguantan el peso de un hombre solo si éste no se para a contemplar el paisaje (la metáfora es de Paul Valéry). Y, ciertamente, quien sabe de qué va tot plegat, sabe que en verdad no sabemos nada. Ahora bien, esos mismos filósofos olvidan que si Sócrates —o, quizá, deberíamos decir Platón— podía cuestionar el engarce de las palabras con lo real es porque estaba convencido de que la realidad a la que apuntan las palabras en modo alguno se encuentra en sí misma presente. O, por decirlo de otro modo: que si las cosas que podemos ver y tocar son reales es porque su realidad se encuentra siempre pendiente, más allá de lo constatable. Como si la experiencia misma de lo real —como si nuestra exposición a lo real— fuera inseparable de ese continuo interrogarse sobre la realidad de las cosas que nos traemos entre manos.

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo filosofía en la modificación.

Meta