la gran inversión
marzo 15, 2012 § Deja un comentario
Comprender el cristianismo supone comprender el paso que va del predicador al predicado. Y es que el cristianismo nace cuando Jesús de Nazareth pasa de ser el enviado de Dios a ser la encarnación de Dios. Así, lo que cristianamente debe proclamarse no es tanto la inminente irrupción del Reino, sino el Crucificado como la irrupción misma de Dios. Los primeros cristianos no cogen simplemente el testigo del Crucificado —no se limitan a seguir su causa—, sino que proclaman, con Pablo a la cabeza, que Jesús es el Señor, un término que en principio solo era aplicable a Dios. El Crucificado no fue únicamente el heraldo de Dios, sino la irrupción misma de Dios. Como si cristianamente se nos dijera, ya de buen comienzo, que nadie se encuentra bajo Dios, si no se encuentra sometido al Crucificado. Estar ante Dios es estar ante el Crucificado. Y quien dice el Crucificado, dice los crucificados con los que él se identifica. Un cristiano se encuentra, pues, en manos de los pobres como quien se encuentra en manos de Dios. Ponerse en manos de Dios es ponerse en manos de los sin Dios. Es obvio —o debería serlo— que esto no puede declararse sin que la noción religiosa de Dios, la que da por hecho que Dios vive por encima de la Cruz, salte por los aires. Y es que si el Crucificado es Dios no es porque sea un dios revestido de humanidad, sino porque de Dios no tenemos más que un Crucificado. Y el resto está aún por ver.