penicilina
marzo 15, 2012 § Deja un comentario
Se remontaba a mi época de estudiante. Me resultaba inconcebible poder llevar una vida cómoda mientras tanta gente a mi alrededor luchaba contra el desasosiego y la enfermedad. Ya en la escuela me sentí descorazonado al descubrir el triste ambiente familiar de algunos camaradas míos comparándolo con la vida casi ideal en nuestro hogar de Günsbach. Pensaba sin cesar en aquellos que, por motivos de salud o por causas materiales, se veían privados de hacerlo. En 1896, durante las vacaciones de Pentecostés, en Günsbach, una mañana soleada de verano me desperté súbitamente con la idea de que no podía aceptar mi bienestar como cosa natural sino que debía ofrecer algo a cambio. Llegué a la conclusión de que tenía derecho a dedicarme al arte y a la ciencia hasta los treinta años, y que luego debería consagrarme exclusivamente al servicio de la humanidad. Muy a menudo me había preguntado sobre lo que significaba para mí la frase de Jesús: «Aquel que quiera ganar su vida la perderá; pero aquel que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la conservará». Entonces descubrí su verdadero significado. […] Lo que mis amigos encontraban menos razonable en mi proyecto era que, en lugar de marcharme a Africa como misionero, quisiera ir como médico, es decir, que a los treinta años me impusiera largos y laboriosos estudios. Quería ser médico para poder bajar sin hablar. Durante muchos años había pasado el tiempo hablando. Había ejercido con entusiasmo mi cargo de profesor de teología y de predicador. Sin embargo, esta nueva actividad consistía en no hablar ya de la religión del amor, sino en practicarla.
A. Schweitzer