tres distingos a propósito de la Encarnación
marzo 17, 2012 § Deja un comentario
Esto de la Encarnación puede comprenderse de tres maneras. Según la primera, Jesús de Nazareth encarnaría a Dios como Jennifer Aniston, pongamos por caso, encarna la Belleza. Encarnación aquí sería concreción. Y es evidente que tanto Dios como la Belleza pueden concretarse igualmente en otros ejemplares. El inconveniente de este modo de entender la Encarnación es que no acaba de hacer buenas migas con la dogmática cristológica. La Encarnación entendida a la platónica mantiene la diferencia entre Dios y quien lo encarna como una diferencia insalvable. Pero la verdad cristiana, cuando afirma contundentemente la identidad entre Dios y el Crucificado, niega de plano que Dios siga estando por encima del Crucificado. Jennifer Aniston, como humana que es, encarna la belleza solo hasta cierto punto o en cierta medida, pero no enteramente. La Belleza, así con mayúsculas, sigue estando más allá de Jennifer Aniston o de cualquiera de sus posibles concreciones. En cambio, según la dogmática, el Crucificado no es una concreción de Dios, sino Dios mismo entre los hombres. En este sentido, Jesús no podría comprenderse cristianamente como un avatar entre otros de Dios.
La segunda manera de entender la Encarnación es una variante de la primera. Aquí Dios habitaría por entero el interior de Jesús de Nazareth. Esta interpretación evita las dificultades de la primera. Jesús ya no sería una relativa aproximación a Dios, entre otras igualmente posibles, sino que se habría revelado como la única ejemplificación de Dios. En fórmula de Boff, nada menos que Dios en el seno de Jesús de Nazareth. O por decirlo a la antigua: el corazón de Jesús como el sagrado corazón de Dios. El inconveniente de esta interpretación es, sin embargo, triple. Por un lado, aun cuando ningún exegeta discute que Jesús fuera un hombre de una gran compasión, lo cierto es que no disponemos de detectores de compasión que nos permitan medir la que pudo sentir Jesús hacia sus semejantes para, así, constatar que no hubo ni habrá otro como él. Por otro lado, la humanidad de Jesús quedaría puesta entre paréntesis. Y es que si la situación del hombre es la de existir de espaldas a Dios, alguien que fuera poseído enteramente por Dios ya dejaría, por ello mismo, de ser humano. Sin embargo, el Crucificado fue un hombre hasta el final. O lo que viene a ser lo mismo: el Crucificado cargó sobre sus espaldas la maldición del hombre, la infinita distancia entre Dios y el hombre. Asimismo, esta manera de ver la Encarnación mantendría igualmente el hiato entre Dios y Jesús de Nazareth típico de la interpretación a la platónica. Desde este punto de vista, Dios sería algo así como la fuerza de la bondad que existiría por encima o con independencia de Jesús de Nazareth. Y, así, Jesús se habría apropiado simplemente de esa fuerza, o bien por méritos propios, o bien porque Dios se habría apropiado de Jesús como si se tratara de la típica posesión diabólica pero en bueno. Es por esto que esta interpretación tarde o temprano acaba en las orillas del gnosticismo. Pues una manera de evitar esto de la posesión es diciendo que la fuerza de Dios ya habita de buen comienzo el interior del hombre y que de lo que se trata es de desprenderse de la costra que impide que esa fuerza se manifieste. Desde esta óptica, Jesús sería o bien un ejemplo de desprendimiento, el primer caso de hombre que fue capaz de alcanzar a Dios; o bien el cuerpo que Dios eligió para hacerse visible… si es que no se quiere decir aquello del dios paseándose por la tierra. Pero, a pesar de que el gnosticismo es la sombra eterna del cristianismo, lo cierto es que la dogmática cristológica es también un intento de frenar la deriva gnóstica del cristianismo de los inicios.
La tercera manera de entender la Encarnación es la que se mantiene más cerca del espíritu del dogma, pero, por eso mismo, la más inaceptable desde el punto de vista religioso. Y es que si la Encarnación supone confesar que Dios se dio por entero en el Crucificado, sin que eso suponga hacer del Crucificado un poseído por Dios o un dios paseándose por la tierra, entonces tendremos que reconocer que el dogma de la Encarnación dice más acerca de Dios que de Jesús. La Encarnación sería, pues, la revelación misma de Dios contra los prejuicios religiosos de Dios. Y es que si Dios se da por entero en el Crucificado, entonces de Dios no tenemos nada más, aunque tampoco nada menos, que un Crucificado. Por tanto, no cabe decir que Dios se da por entero en el Crucificado sin confesar al mismo tiempo el descenso de Dios. El inconveniente, así, de las otras maneras de comprender la Encarnación es que no nos permiten reconocer en el Crucificado la kenosis —la humillación, la caída— de Dios. Y es que el credo cristiano dice algo que es inadmisible para la típica sensibilidad religiosa, a saber, que nadie puede estar ante Dios (o bajo Dios) si no se encuentra ante el Crucificado. Que quien se halla sometido a Dios, se halla sometido al Crucificado. Que no hay otro Dios que el Crucificado. Que Dios es Señor solo en tanto que el Crucificado es Señor. De Dios en sí mismo seguimos sin tener idea (aunque quizá deberíamos decir mejor que de Dios en sí mismo solo tenemos una idea o, como diríamos judíamente, un nombre). Dios en sí mismo es el invisible porque de Dios en sí mismo no hay nada que ver. Dios en sí mismo es un estricto más allá, aquello otro del mundo (y no algo de otro mundo), el silencio último que envuelve la Creación, al fin y al cabo, un misterio. Dios en sí mismo sigue estando fuera de campo. Demasiado, ciertamente, para el body religioso que aspira a encontrarse con la divinidad en la pureza de las cimas.