experimentum mentis
marzo 18, 2012 § Deja un comentario
Para coger esto de Dios, supongamos que los hombres ya se olvidaron de lo que significa la palabra «Dios». Que vivimos en un mundo en donde no hay más cera que la que arde. En donde nadie se plantea que haya algo más allá de lo observable, pues bien pensado, ¿qué podría ser algo esencialmente invisible? Cualquier posible más allá no dejaría de ser, por defecto, un más acá aún por ver. En ese mundo, la palabra «Dios» habría sido conveniente explicada. Los especialistas en historia de las religiones llevarían ya unos cuantos siglos diciendo que lo que antiguamente era visto como divino hoy en día no sería más, aunque tampoco menos, que la fuerza que mueve el universo. Que de lo que se trata es de que esa fuerza juegue a nuestro favor, de tenerla, en definitiva, bajo control. En ese mundo, hombres y mujeres serían perfectamente conscientes de que sus afectos duran lo que duran. Que no hay que pretender sacar las cosas de quicio. Que el para siempre de los antiguos románticos no era más que restos de una atávica sensibilidad religiosa, al fin y al cabo, nostalgia de lo que perdimos tras la infancia. Que la crianza de los hijos exige poco más que unos siete o diez años de unión. Pues bien, en ese mundo alguien aún podría preguntarse si eso es todo o, mejor dicho, si el todo lo es todo. Es posible que quien se lo preguntara no pudiera reconocer en su perplejidad, la perplejidad de Job. Pero lo cierto es que estaría más cerca de ella que muchos de los que actualmente creen en Dios como quien cree en espíritus benefactores. Y es que acaso no haya otra realidad que la que se nos da, no ya como otro mundo, sino como el imposible otro del mundo, el inviable porvenir de Dios. Tenía razón Alexandre Kojève cuando sostenía que el superhombre es, en definitiva, un idiota, un mero consumidor de recursos. Que sin esa exposición al silencio de muerte que rodea la existencia nadie puede trascender la presión de la circunstancia. Quizá sea verdad que nadie mejor que un ateo —y Kojève lo era por activa y por pasiva— para comprender el temblor de piernas de quien se expone a una genuina trascendencia.