entre líneas
marzo 20, 2012 § Deja un comentario
Uno se imagina qué debió suponer la idea, mejor dicho la convicción, de que Dios era en verdad un Dios oculto —que no hay otro Dios que el que se da entre los pobres (Is 45, 14-15)— en un mundo donde la presencia de espíritus, tanto buenos como malos, era un dato inicial. Tal convicción fue lo más cercano al ateísmo que podía darse allí donde la existencia de los dioses se daba por supuesta. Lo que se da por supuesto no se discute y decir en ese contexto que no hay otro Dios que el invisible —decir que el hombre se encuentra en verdad sometido a un Dios que no aparece por ningún lado salvo como el rostro del pobre—, no podía implicar otra cosa que la impugnación del dios como Dios. De ahí a que los dioses pasen a ser meras fuerzas impersonales hay un paso. Pero una vez desaparecen los dioses de vista, el Dios de Israel pierde el enemigo que debía negar para ser alguien. Y de ahí al actual ateísmo también hay un paso. No es casual que Dios se haya retirado en los recovecos de una interioridad que cada vez tiene más dificultades para reconocer a Dios como Señor.