la distancia que impide la fe
marzo 21, 2012 § Deja un comentario
Cuando dices aquello de que solo quienes sufren el abandono de Dios son capaces de responder a Dios, siempre hay alguien que te suelta que esa situación no tiene que ver con la suya y que, por tanto, tiene que haber otro modo de acceder a Dios que no pase por los clavos de Cristo. Que es inadmisible que no haya otra experiencia de Dios que la que se da en el sufrimiento de las víctimas. Que con respecto a Dios, no hem d’anar tan lluny. Pero ese es precisamente el problema: que nos quede tan lejos la situación de los abandonados de Dios, la de aquellos con los que Dios se identifica. ¿Cómo podemos decir que su situación no nos incumbe y quedarnos, cristianamente, tan anchos? ¿Cómo podemos preguntarnos por la posibilidad de una experiencia de Dios que se dé al margen de los pobres? Este es de hecho el síntoma de nuestra impiedad: que su miseria no sea, en cierto modo, también la nuestra… como lo sería, si en verdad se tratase de la miseria de nuestro hermano. Y, así, permanecemos anclados en nuestra estrecha circunstancia. Como si no fuera posible ir más allá de uno mismo, escuchar la voz más extraña, el clamor de los hombres. Como si no fuera cierto que, cristianamente, no hay otro modo de salir de uno mismo —de trascenderse— que el que nos desplaza hacia los desplazados de este mundo. Una vez más, el joven rico aparece en escena para preguntar cómo ser cristiano sin Cruz.