Felix, the cat
marzo 23, 2012 § Deja un comentario
Algunos siguen insistiendo que Dios no vino para juzgarnos. Que Dios, en el fondo, es misericordia, pura bondad, lo que se dice un buenazo. Como si Dios fuera el abuelo de Heidi, vaya. Pero lo cierto es que esta manera de ver las cosas de Dios suele confundir la bondad con el buen rollo, la misericordia con una fácil indulgencia. Un Dios que hubiera perdido el juicio sería un Dios que solo podría estar al servicio de nuestra necesidad de autoestima, algo así como un superdildo de la vida interior. Un Dios que no condenara nuestro existir de espaldas a las viudas, los huérfanos, el extranjero… sería a lo sumo una fuerza de la que podríamos participar, pero en modo alguno aquél al que imploramos nuestra redención. Es sabido que bíblicamente quienes se encuentra sujetos a Dios no se encuentran sometidos a la efectividad de una fuerza, sino al poder del juicio. Ahora bien, si es verdad que no hay otro Dios que el que se identifica con las víctimas de este mundo, el juicio de Dios es el juicio del pobre. Es él y solo él quien nos condena o nos salva en nombre de Dios. Ciertamente, la misericordia de Dios, aquella que se nos da como el imposible perdón del Crucificado, va por delante. Pero quien toma esto como sustituto del juicio olvida que nos juzga más el perdón de un madre que las exigencias de un padre. Quien cree en un Dios sin juicio reduce a Dios a la irrelevancia. Y de paso su entera existencia.