el cielo abierto

marzo 24, 2012 § Deja un comentario

En el documental el cielo abierto algunos de los sacerdotes de la diócesis de Romero calmaban la sed de justicia de los pobres con la típica interpretación religiosa de la bienaventuranzas. Y así les decían que tenían que sufrir las penas del hoy para que en el mañana pudieran gozar de la vida eterna que Dios tenía preparada para ellos. Ciertamente, para quien está convencido de la existencia del cielo, casi da igual que esa justicia se cumpla aquí o un poco más tarde, pues, al fin y al cabo, la vida del más allá se encuentra en continuidad con la del más acá. Y es posible que ese profeta apocalíptico que fue Jesús de Nazareth creyera que las bienaventuranzas solo podrían realizarse con la quiebra de este mundo. Pero esos sacerdotes olvidan que judíamente —y Jesús, conviene no olvidarlo, fue un judío— no se comprende el más allá como compensación del más acá, sino como una exigencia, un mandato para el más acá. Porque los últimos serán los primeros, los últimos, aquí y ahora, mandan sobre nuestra entera existencia. Un sacerdote —un creyente— no debe proporcionar, pues, una consolación a los pobres, sino que debe ponerse más bien en sus manos, como si no hubiera otro Señor que el desgraciado. Si el cristianismo supone la apertura del cielo, no es para que los hombres puedan elevarse por encima de su miseria, sino para que Dios pueda caer sobre las ciénagas del mundo. El hombre solo puede responder en verdad a un Dios que ya es de buen comienzo uno con el pobre. Y porque a Romero se le apareció Dios en el rostro de las víctimas pudo responder a Dios como solo un Dios que coincide con la falta del hombre puede hacerlo.

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