del ser y del hacer

marzo 24, 2012 § Deja un comentario

Si se trata de alcanzar una integridad o, por decirlo religiosamente, si se trata de ser puro, esto es, enteramente bueno —o bello o justo…—, entonces la caída es insoportable. Si de lo que se trata es de llevar una existencia inmaculada, la mancha es aquello que dificilmente podemos tolerar. De ahí, la necesidad de los ritos de purificación para quien se encuentra sometido a la exigencia típicamente religiosa, pues tarde o temprano uno cae de bruces sobre el barro. Pero si se trata no tanto de ser, sino de responder —si se trata de la misión—, entonces el problema no es la mancha, sino la infidelidad. Es por eso que para el infiel no hay purificación que valga. Para el infiel solo cabe la confesión. Un infiel sabe que solo puede pedir perdón, pues el tema nunca es él, sino ese desgraciado a quien, en nombre de Dios, le debe una respuesta. Los hombres y mujeres que antes que otra cosa pretenden ser antes que responder nunca saldrán de las aguas pantanosas del narcisismo, aunque se vistan con los ropajes de la trascendencia. Es por eso que quienes atienden a la demanda de Dios antes que a su necesidad de plenitud, no se preocupan tanto de sí mísmos como de ese Dios que desde el origen de los tiempos fue uno con el Crucificado. Por eso mismo, si caen, se levantan y siguen andando. Y el ser, si fuera el caso, se les dará por añadidura, aun cuando, en el fondo, les dé igual.

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