místicas
marzo 26, 2012 § Deja un comentario
O tienen razón los místicos new age cuando sostienen que, en el fondo del alma, el hombre coincide con Dios; o la tiene la Biblia cuando afirma por activa y por pasiva que no cabe algo así como la unión con Dios, sino que, en cualquier caso, los hombres y la mujeres tan solo podemos encontrarnos con Dios, con su extrema alteridad. En el primer caso, se trata del despojo de uno mismo, al fin y al cabo, se trata de propia desnudez. En el otro, de vestir al desnudo, de la desnudez del otro. En el primer caso, se trata de ser puro como solo un dios puede serlo. En el segundo, de responder a una demanda infinita. Quien se encuentra con Dios, topa con un muro. Y es que el muro de Dios es la otra cara de nuestra incapacidad para lo divino. Bíblicamente, nadie que se halla ante Dios puede permanecer ante Dios, ni siquiera en los recovecos de la propia intimidad. Bíblicamente no hay experiencia de Dios que no te ponga en manos de los desposeídos de Dios.
(De hecho, para un cristiano, la mística es siempre sospechosa, pues la tentación de la experiencia mística es la de cerrar los ojos a la realidad del sufrimiento ajeno. No causalmente los místicos cristianos —desde Meister Eckhart hasta san Juan de la Cruz—, si bien afirman, como cualquier místico, la unidad del alma con Dios, no lo hacen a la manera de la mayoría de las místicas de corte más o menos gnóstico, esto es, haciendo de Dios una fuerza o un poder subyacente. Una mística que siga prisionera de la típica sensibilidad religiosa nunca admitirá lo que, por otro lado, es innegable para quien haya tenido una mínima experiencia de Dios, a saber, que Dios en sí mismo coincide con la nada de Dios. El sujeto de la experiencia mística, en tanto que cristiana, no solo identifica a Dios —ese Dios que habita en lo más íntimo del hombre— con la nada, como si el silencio de Dios obligara al hombre a admitir que él mismo no es más que nada, sino que, por eso mismo, se encuentra obligado a responder a la existencia de quien ha quedado, precisamente, desposeído del amparo de Dios. Sigue siendo cierto que lo semejante busca, reclama, ama a lo semejante. Al fin y al cabo, si podemos ir más allá de nosotros mismos —si somos algo más de lo que aparentemente somos— es porque en el fondo no somos nada.)