de nada
marzo 28, 2012 § Deja un comentario
Dios es en sí la nada de Dios. Ahora bien ¿por qué añadir este de Dios? ¿Por qué, si es verdad que Dios no es nada en sí mismo, no quedarse simplemente con la nada? ¿Por qué no decir simplemente que en el fondo no hay nada? ¿Acaso no es eso lo que reconocen los místicos del budismo zen sin necesidad de poner a Dios por en medio? Ciertamente, si de lo que se trata es de saber qué es lo que hay, entonces a esa nada última no debemos añadirle nada. Ahora bien, si decimos eso de Dios es porque la verdad con la que podemos encontrarnos y no solo observar como simples espectadores, no se nos da como la correspondencia entre nuestras representaciones de los hechos y el mundo, sino como una superación de lo que vimos o dijimos de buen comienzo acerca del mundo. De hecho, ocurre con el asunto de Dios lo que ocurre también con respecto a nuestra relación con lo real. Y es que la experiencia misma de lo que en verdad acontece —del carácter inasible de lo que en verdad tiene lugar— solo es posible en la quiebra de la visión espontánea de lo que acontece. En esta visión, la realidad, creemos, se nos da según la medida de nuestra receptividad, pero lo cierto es que el carácter otro de lo real solo puede revelarse, precisamente, como lo que esa misma receptividad no puede alcanzar, esto es, como lo que tuvo que ser olvidado para que fuera posible, precisamente, esa receptividad. Por esta razón siempre cabe preguntarse por lo que, en definitiva, es aquello que se nos muestra bajo tal o cual apariencia. La experiencia misma de la realidad depende, pues, de que podamos reconocer que la realidad es, como quien dice, una cuenta pendiente de nuestro experimentar sensiblemente las cosas que tenemos a mano. La experiencia de las cosas se nos da, por tanto, como la experiencia misma de lo real solo cuando la realidad de esas mismas cosas deja de ser, precisamente, una evidencia sensible. Quien ha sido alcanzado por lo real, una rosa ya no es una rosa, sino siempre algo más o, mejor dicho, algo menos. Análogamente, la experiencia de Dios solo puede darse como la puesta entre paréntesis de la creencia espontánea en la efectividad de un poder que ampara nuestra existencia. De ahí que el silencio con el que topamos tarde o temprano sea, para quien asume la verdad y no solo la constata, el silencio de Dios. Aquello que está en juego en nuestra relación con las imágenes de lo sobrenatural, a saber, nuestra exposición a una genuina trascendencia, tan solo puede aparecer y, por tanto, atravesar la entera existencia del sujeto, en la crisis de las imágenes de lo sobrenatural. La verdad solo puede darse, por tanto, como historia de la verdad. Alguien dirá que esto es Hegel. Pero la cuestión es si esto es cierto o no. Y no es cierto porque lo diga Hegel, sino porque, sencillamente, lo es.