sacerdotes
marzo 29, 2012 § Deja un comentario
Hay dos tipos de sacerdotes. Los que predican lo que los fieles quieren escuchar. Y los que provocan a sus fieles, por lo común, con el ejemplo de una vida insoportable. Los primeros suelen ofrecer una solución a la existencia y, por eso mismo, no hay mucha diferencia entre ellos y los predicadores de la autoayuda. El mensaje, en definitiva, es siempre el mismo: si quieres que las cosas vayan bien —si quieres alcanzar la plenitud— haz esto o aquello. Son como esos guionistas de Hollywood que escriben finales felices para que el público pueda salir de la sala con la convicción de que podemos erradicar el mal de nuestras vidas. Los otros sacerdotes, por el contrario, son los que han topado, de un modo u otro, con la pétrea realidad del mal, los que han comprendido que no hay solución que valga y que, por eso mismo, no pueden hacer otra cosa que responder a una llamada infinita. Son los que predican con el ejemplo de una vida entregada hasta el absurdo. Como esas madres de los läger que seguían amamantando a sus hijos aún cuando sabían que era cuestión de horas que acabaran gaseados. Como esos Grégoire que van en busca del loco de atar porque, como hombres que son, no deben permanecer al margen de la vida… aun cuando lo cierto es que, según el mundo, lo mejor es que continúen, como si hubieran muerto, atados a sus árboles. Son estos sacerdotes y no los otros quienes nos hablan de Dios, de ese Dios que exige lo imposible para que los hombres puedan ir más allá de la muerte. Hay, ciertamente, un final feliz. Pero no es de este mundo. O también: cualquier final feliz dentro del mundo —y, en principio, no hay otro final que nos incumba— no puede darse como una posibilidad del mundo, sino en cualquier caso como algo de otro mundo. Y, sin duda, no es esto lo que queremos escuchar quienes sentimos el vacío de la existencia entre algodones. Preferimos que nos digan que todo se arreglará, si nos ponemos a dieta o nos enchufamos a las fuentes de la vida. Preferimos que haya buen rollo antes que la inviable justicia de Dios.