el cristianismo de las emociones
abril 3, 2012 § Deja un comentario
Un cristianismo reducido a una receta para la autosuperación fácilmente acaba confundiéndose las churras con las merinas. Y así se acaban escribiendo cosas como ésta: me quiero vestir de seguridades. Me quiero poner un manto que me proteja de miradas hostiles. Y quiero llevar un traje de gala que sea como una armadura, para no afrontar los miedos. Me cubriré con la máscara que convenga… Pero tú, Señor, despojado, herido, firme frente a todo y frente a todos, cuando hasta tus ropas se las van a jugar a las cartas, me recuerdas que a veces hay que saber quedar a la intemperie. Sin armas ni riquezas, sin otra herramienta que la verdad y el evangelio. Esta es la hora.
Como si fuera posible encontrarse con Jesús de Nazareth en los recovecos de una interioridad centrada en sí misma. Como si todo esto de la intemperie —que es terrible— pudiera decirse sin temor ni temblor. El Crucificado, en el mejor de los casos, da la fortaleza del precursor a quienes no pueden hacer otra cosa que ponerse en manos de Dios, pero no el consuelo de quien ha encontrado una solución a la existencia. Si se trata de responder, lo de menos es de dónde partes o cómo te sientes. Cristianamente solo hay un tema. Y no eres tú y tu necesidad de superar tus miedos.