sin fin (1)
abril 5, 2012 § Deja un comentario
Para comprender de qué va esto de Dios hay que dejar de ver las cosas desde el punto de vista de la eternidad. Desde la óptica de un tiempo infinito, todo vale por igual o, lo que viene a ser lo mismo, nada vale en verdad. La historia entera de la humanidad queda reducida a un instante infinitesimal en el que ya no cabe distinguir entre las fosas comunes y el crecimiento de la hierba. Por tanto, o la materia es eterna y, por consiguiente, no hay Dios que valga; o hay Dios y, por consiguiente, el tiempo tiene un final, aquel en el que Dios irrumpe, precisamente, como final de los tiempos. Ahora bien, un Dios que pone fin a los tiempos no puede ser un ente ni tampoco una fuerza, sino que debe comprenderse, en sí mismo, como la nada que subyace a todo cuanto es. O, por decirlo en bíblico, como el silencio que abraza por entero la Creación. Ahora bien, quien comprende lo anterior, comprende que la materia en absoluto puede ser eterna, aun cuando la ciencia demuestre que de hecho lo es, ya que la experiencia de la nada —la experiencia del silencio de Dios— es fundamental, esto es, ontológicamente primera. El no-ser siempre se encuentra fuera de todo cuanto es, precisamente, como su eterna posibilidad. Porque solo Dios es eterno, el mundo se encuentra sometido al poder de Dios como la posibilidad misma del final. Quien se mantiene en el plano de los hechos se mueve, por tanto, entre la ingenuidad y el nihilismo. Únicamente quien experimenta que el todo como no-todo —solo quien sufre la trascendencia del Dios de Job— puede escapar de la eternidad de la materia. Pues ahí donde encaramos la posibilidad de un final absoluto, ahí nos encontramos sometidos al Juicio o, por decirlo de otro modo, ahí se diferencian verdaderamente el Bien del Mal como las dos posibilidades de la existencia. La vida comienza a valer como aquello que nos ha sido dado dentro de un plazo y, por tanto, como lo que debe ser preservado frente a la muerte. Ante Dios, somos así quienes nos encontramos sometidos al deber insoslayable de guardar la vida por encima de(l) todo. En verdad, no somos más —aunque tampoco menos— que ese encontrarse sujetos a la realidad imperativa de Dios. Quien sale de este encontrarse —quien intenta verse desde fuera de esta situación— tan solo podrá verse como un cuerpo sometido a las fuerzas impersonales del mundo. Dios nos da la vida, sí, pero al precio de que Dios, en sí mismo, se revele como la muerte del mundo.