God is a monkey (1)
abril 7, 2012 § Deja un comentario
El cristianismo, como es sabido, proclama a los cuatro vientos la Encarnación de Dios. Mejor dicho: el carácter salvífico de dicho acontecimiento. Así, no entiende la Encarnación a la manera griega, como si un dios se hubiera vestido de hombre para indicarnos el camino, sino que la comprende como el sacrificio expiatorio del mismo Dios. Solo el sacrificio de Dios —la revelación misma de Dios como amor (1Jn 4, 8)— nos libra del pecado, esto es, de nuestro esencial vivir de espaldas a Dios. Ahora bien, quien entienda todo esto difícilmente podrá admitirlo como algo religiosamente viable. O, por decirlo de otro modo, no es posible comprender la Encarnación desde una típica sensibilidad religiosa. Supongamos que Robinson Crusoe fuera Dios, y los hombres, esos monos que viven en las montañas de la isla a la que Robinson fue a parar. Robinson Crusoe, por lo común, les trata bien: sabe cómo acariciarlos para que duerman en paz, les acerca el agua de las grutas en época de sequía, cura a los heridos… Pero también se los come. Robinsons Crusoe es, ciertamente, una divinidad tot court. Los monos, en un momento dado, comprenden que tienen que aplacar el hambre de Robinson Crusoe para quedarse únicamente con su lado amable y, así, decidieron ofrecerle en sacrificio un mono joven cada semana. De este modo, saben a qué atenerse cuando topen con él: saben que solo les querrá para cuidarlos. Sin embargo, en un momento dado Robinson Crusoe intuye que vendrán a rescatarlo y que, probablemente, esto de la isla se acabe. Es entonces que incomprensiblemente se apiada de esos pobres monos y toma la decisión de convertirse en uno de ellos. Esto es, no decide vestirse de mono, sino hacerse mono… renunciando, por tanto, a su poder. Más aún: no resuelve encarnarse en un macho alfa, sino en uno de aquellos monos destinados al sacrificio ritual. Se convierte, así, en un mono en manos del resto de los monos. Y una vez allí en medio de ellos se dedica a predicar el acontecimiento: que el Hombre ya no quiere comerse a los monos. Es obvio que nadie puede tomárselo en serio. El caso es que en el momento de la verdad, cuando lo atan al árbol para que el Hombre venga a buscarlo, él no se resiste. Al contrario, ¡les perdona! Muchos creyeron que se había vuelto loco. Al fin y al cabo, el Hombre no puede hacerse mono y, siendo un verdadero mono, hablar en nombre del Hombre. (to be continued…)